3ª Camino de Invierno

Barco de Valdeorras · A Rúa de Valdeorras · 13 Km · 2h 42m

Viniendo de dónde venimos, y viendo a dónde vamos, lo de hoy ha sido, sin duda, un paseo.

Ayer, después de acabar de escribir en mi “apartamento” y tras picar algo improvisado, unos huevos rotos con patatas y jamón, mismamente, volví a La Gran Tortuga para encerrarme por dentro, y con llave, lejos de mercenarios músicos, allanadores de habitaciones ajenas.

Rematé el escrito y acompañe como pude de alguna foto. No eran las mejores, pero eran las que la wifi me permitió subir… Nada más colgar el post me acostaba y arrojaba en brazos de Morfeo.  

Dormí del tirón. Calculo que hasta pasadas las cuatro, cuando me desperté, y sin mirar el móvil, ignorando la hora que fuese, me di media vuelta con la intención de volver a quedarme dormido, y creo que lo conseguí, aunque ya no profundamente, mas bien en un duermevela, de esos que no relajan, pero hacen que pase el tiempo sin alterarte.

Faltaban pocos minutos para las seis cuando me levantaba. Llevaba ya rato, como de costumbre, ojeando el móvil. Enseguida daba comienzo a las rutinas diarias relacionadas con el cuidado personal, y me refiero a aseo e higiene, estiramientos, cremas y masajes en las zonas más doloridas y afectadas; no a sauna, jacuzzi, mascarillas exfoliantes o similares…

A las 07:30 bajaba, ya con todo el equipaje, al salón comedor que me habían indicado el día anterior. Un local a puerta de calle. Lo que a todas luces, hace algún tiempo, posiblemente pre pandemia, había sido el comedor del restaurante que daba nombre a la pensión. Y aquí abro paréntesis: (la de bajas que causo el Covid, y no solo los miles de fallecidos que todos perdimos en tremendas condiciones y circunstancias. Sino también los miles de pequeños empresarios que vivían al día y no pudieron sobrevivir a aquellos tres meses inactivos, o más, con restricciones incompatibles con la vida de un pequeño negocio familiar…)

Entraba en el local y me recibía, cordialmente, la mujer que me había atendido el día anterior a mi llegada, Silvia. Mujer de edad imprecisa, por desconocida, pero que perfectamente podría ser de mediados de los 70, o quizá, cerca de la década de los 80. De aspecto muy humilde, algo descuidado, pero que dadas la horas y el publico al que atender, podían pasar por aceptables. Me invitaba a sentarme a la única mesa preparada. Mantel rojo, cubiertos sobre servilleta de un solo uso, plato de postre con un yogurt natural, bajo plato de taza de café de desayuno con sobres de azúcar, sacarina, dos blíster de mantequilla y un frasco pequeño de mermelada de mora (casera), además de una bandeja de acero inoxidable , tamaño ración generosa, con cuatro rebanadas de barra de pan blanco tostado, dos pequeños croissants, dos mandarinas, una manzana y un plátano… según me disponía a sentarme me traía un vaso de zumo de naranja recién exprimido, con su pulpa y todo. Me preguntaba si quería café, cacao, chocolate o infusión. A lo que le pedía ”un cortado con leche fría, por favor”.

El desayuno estaba incluido en los 25€ pagados ayer por el alojamiento. Sinceramente, calidad precio, en mi modo peregrino, lo mejor que me he encontrado hasta la fecha.

A las 07:52, auto foto en la puerta, envío a la familia, compartiendo ubicación en tiempo real, y a por la tercera…

Cuando me levantaba de la cama, lo primero que hacia era correr la cortinas que aportaban intimidad frente a las viviendas del otro lado de la calle. Era aún de noche. El alumbrado público permitía observar sobre el asfalto el típico brillo que deja la lluvia recientemente caída. En ese momento no llovía. Miraba el móvil y, aunque la temperatura era muy agradable, 11º, la previsión en la zona para las próximas horas era de entre un 60 y un 80% de probabilidad de lluvia, por lo que, aunque hoy sería una jornada corta, había que estar preparado para caminar bajo la lluvia.

Me echaba a la calle con él chubasquero bien enfundado, pero con el Terrex guardado en la mochila, para evitar cocerme por la humedad y temperatura, y, eso sí, las polainas “bien ajustadas”.

Enseguida llegaba a la orilla del río Sil para coger el paseo junto al malecón, que además forma parte ya del propio Camino. Estaba amaneciendo, aquí lo sigue haciendo con aproximada media hora de diferencia respecto a la zona centro de la península (incluso cuando se cambia la hora, jejeje). Sin nadie a la vista en la zona. Caminaba junto a la orilla, por el paseo, con el río cosido a mi derecha, disfrutando de las vistas, de la temperatura, el ambiente húmedo, pero sin agua, y testando cómo iban mis dolencias.

En general, aunque había molestias, eran llevaderas, sobre todo era muy consciente de que hoy era un mero trámite, una jornada corta que debía servir para recuperarme de estas para poder afrontar las próximas tres jornadas donde volvería a afrontar otras tres de distancia media-larga, una de unos 27 km, y a continuación dos seguidas por encima de treinta… pero miedo, ¿quién dijo miedo?

Para mí, es muy curioso, me llama sobre manera la atención, observar cómo cambian las tradiciones y costumbres en general.

Si, soy mayor. Considerablemente mayor, pero no lo suficiente como para no poder recordar, perfectamente, lo que era antes la festividad de Todos los Santos. Quizá porque mi entorno, cuando era niño, estaba muy alejado de cualquier posible influencia anglosajona, o tal vez porque entonces no era tradición, ni por supuesto negocio… el caso es que antes esto no pasaba…

En estos últimos Caminos que ha coincidido los ando por estas fechas, además de la actividad habitual en estos días entorno a los cementerios, habitualmente situados a la entrada o salida de los pueblos y por los que el Camino suele lindar, es también muy frecuente encontrar en fachadas, ventanas, balcones, verjas, comercios variopintos (desde una farmacia a una mercería, pasando por una ferretería) en cualquier pueblo, pequeño, mediano o más grande, más o menos desarrollado, o más o menos habitantes… decoraciones, ambientaciones, performances, entorno al boom del Jalogüim….

Y la verdad, no sé si me da miedo, pero al menos, a mi, me da que pensar…

No es extraño, cuando comento mis andanzas en algunos foros, que alguien me pregunte si no me da miedo andar solo por esos Caminos de Dios, lejos de todo y en medio de nada.

A ver, todos tenemos nuestros miedos, yo también, son públicos en mi entrono, no los escondo… pero en el Camino… ¿qué me puede dar miedo en el Camino?

Por muy solo que vaya por estos caminos, llevan siendo transitados por peregrinos desde hace siglos, y según tengo entendido tiempo atrás eran objetivo de asaltantes de caminos que robaban lo poco o mucho que llevasen. Hoy un peregrino no es objetivo de esas alimañas, estas han evolucionado con los tiempos, se han perfeccionado. Ahora operan haciéndese pasar por empresas del Ibex o simplemente formando parte de cualquier gobierno, central o regional, sin importar la bandera o color que enarbolen, hoy ya no roban en los Caminos… te roban en tu casa, en el banco, cada mes… 

Otros posibles miedos que me plantean son los de las fieras o animales salvajes… aquí, en el Camino y fuera de él, el animal más salvaje es siempre el ser humano, el único capaz de matar sin razón, pero justificándolo, a cualquier especie, incluida la propia, y de acabar con este planeta, y todo lo que en él vive, simplemente apretando un botón que, por efecto domino, active el resto de botones y nos vayamos todos al garete…

En el Camino claro que hay animales, pero son más inteligentes de lo que nos creemos y si pueden, harán porque no les veamos. Ellos sí que tienen motivos para tenernos miedo. No obstante siempre llevo el bordón a mano. La otra mañana, en la primera jornada de lluvia, cuando salía de uno de los pequeños pueblos que surqué sin bar abierto, mientras dejaba atrás las últimas casuchas, salió tras de mí un perro que se creía gallo de pelea… Era un perro de altura media, cruce de cruce de un cruce de pastor algo… el caso es que sin para de ladrar, se movía tras de mi, de izquierda a derecha por el sendero acotado; a mi izquierda una alta linde de piedras y a mi derecha una improvisada valla que delimitaba un huerto. El chucho-gallo, envalentonado, cada vez se me acercaba más mostrándome quien era el gallito de aquel improvisado corral…  Cansado del acoso, me giré para enseñarle el bordo desde lo más alto que mi brazo derecho me permitía. No dejo de ladrar, pero momentáneamente sí de avanzar. Me volví para seguir caminando en la dirección correcta y segundos después seguía en su insistente ladrido tras de mí. Me agache para coger una piedra y antes de soltarla, se había girado y salido corriendo, con el rabo escondido entra las patas, eso si parándose a cierta distancia, dentro del huerto, para seguir ladrando… 

Cierto es que a veces se piensan y se recrean mentalmente cosas que pueden llegar a generar una absurda ansiedad, la imaginación es muy mala, tanto si se usa para bien como si se una para mal… cuando ayer caminaba por el bosque, bajando por el sendero que me llevaba al mar de nubes, una vez dentro de la densa niebla, claro que pensé que no estaba solo, que había bichos, pero estaba seguro de que ellos estaban a lo suyo y de que si oían mis pasos y el golpe de mi bordón contra el suelo, se quedarían inmóviles esperando a que pasase, para evitar incidentes innecesarios… ellos son inteligentes!

A mí, en el Camino, cuando llueve o hace mal tiempo, no me da miedo nada más que una posible lesión, y eso es mejor no pensarlo. El único remedio es la prevención, poner atención y cuidados para evitarlos, aunque nunca estes libre de dar una mala pisada o de un infortunio que lo provoque. 

Sin embargo, cuando sale el sol sí tengo mis miedos… lo he visto muy de cerca, “mirándome a los ojos”. Recuerdo una vez a cuatro empujando un contenedor de basura para llevárselo… son grandes, fuertes y para mi mortales… son las putas avispas asiáticas!!! Cada vez hay más en el norte y, en serio, cuando las oigo, o las veo, me dan pánico. Cuando hace malo voy mas relajado, con buen tiempo, siempre voy pendiente, más tenso, en guardia, quizá por eso prefiero caminar en otoño.

Lejos del Camino, lo que más miedo me da es algo que a muchos, posiblemente a la gran mayoría de los que me hablan de miedo por estar solo y por lugares recónditos, les provoca diversión… No soporto, no controlo los pasajes del terror… son mi estar encerrado en un ascensor para un claustrofóbico, en lo alto de la torre Eiffel para los que padecen acrofobia, o en un concierto multitudinario para alguien padece agorafobia… ahí, incomprensible e irracionalmente, colapso.

A las diez y cuarto empezaba a caminar por la travesía que da entrada a A Rua de Valdeorras, la población donde hoy haré noche para mañana salir dirección a Quiroga. Han sido poco más de doce kilómetros. Un largo paseo (cargado con mi mochila). Sin a penas agua, solo a ratitos. En solitario. Siempre con el río Sil a mi izquierda, con las vías férreas cerca, a veces a la vista. La carretera a mi derecha o en ocasiones bajo mis pies. No ha habido bosques ni monte bajo. Hoy, a mayor o menor distancia, siempre había viviendas a la vista. Ha siso llevadera. Monótona pero  sin ser aburrida. Excesivamente corta para mi gusto, pero tenia su porque… la otra opción era sumar la jornada de mañana ya que, entre esta población y Quiroga, a 27 kilómetros, no hay servicio alguno. Ni de alojamiento ni de restauración. Es decir, o 12 o 39 Km. Sé que he hecho lo coherente, lo estipulado y posiblemente lo más oportuno para mí.

Voy bien. Fisicamente me encuentro con la fuerza de siempre. Solo llevo una inoportuna molestia en el pie izquierdo que intento aislar mentalmente mientras camino, pero que cada cierto tiempo se hace notar y me recuerda que viene conmigo. Seguramente no ha sido casualidad, o sí, que justo la jornada de hoy haya sido la más corta que he hecho en el Camino. Al igual que, casualmente, el lugar que había elegido y reservado para pasar la noche estuviese cerrado, O Pillaban, un sitio monísimo en internet, pero de dudosa gestión. Si, cerrado y con reserva confirmada. Tampoco habrá sido casualidad, o si, que buscando un plan B sobre la marcha, el destino me haya llevado al pasado en el “magnifico” Hostal Niza, y justo al lado hubiese una clínica con servicio de podología donde, a pesar de ser puente, me haya atendido Víctor, para casi fuera de hora, a las siete de la tarde, me haya tratado con su mejor disposición atención e intención para poner remedio, o al menos atenuar esta molestia, porque visto lo que me queda por delante a corto plazo, los tres próximos días, 27 Km hasta Quiroga, 35 hasta Monforte de Lemos y 30 hasta Chantada, me da más miedo que la Niña del exorcista y Ferddy Krueger tocando la batería y el bajo en la celda del hostal Niza esta noche de difuntos y/o Jalogüim…

Mañana será otro día y, ahora muy en serio, tendré una importante prueba por delante para ver como evoluciona y si, como espero y deseo, puedo continuar para, la semana que viene, alcanzar el mejor regalo que un peregrino puede tener…llegar a Santiago y entrar en la plaza del Obradoiro para, en mi caso finalizar este Camino de Invierno, mi Camino de este año.

Pero esa prueba será ya para mañana, porque mañana, mañana más.

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