7ª Camino de Invierno

Chantada a Rodeiro · 26 km · 5h 59m

 

Hoy tocaba volver a disfrutar del Camino. Después de la durísima jornada de ayer, hoy partía de Chantada con el firme propósito de volver a ser feliz en el Camino. 

 

Anoche, cuando me desperté sobre las dos como de costumbre, mientras hacía inevitablemente valoración de cuál era el grado de molestias estando en horizontal tras las verticales del día anterior que no eran fáciles de sacar ni de la cabeza ni de las articulaciones y músculos del tren inferior y, al percibir que, aunque había dolor, era mejor que lo padecido la noche anterior, y tras un breve visita al baño, cogí el móvil para leer la siguiente jornada, y así poder valorar cómo debería afrontar, sobre todo mentalmente, el día de hoy. 

 

Después de la lectura y reflexión, aprovechando la privacidad y tranquilidad que aquel moderno albergue me ofrecía al ser su único huésped, hacía por dormirme para seguir sanando males y recargando batería pues, aunque hoy no iba a ser tan duro ni tan largo, sí tocaría el techo de este Camino de Invierno, y para ello tendría que atravesar la Sierra de Faro, alcanzado los 1.153 metros; eso sí, de manera progresiva tanto la subida como la bajada. Pero había que recorrerla, y con mis pies de este año, que nada tienen que ver con los de años anteriores.

 

Tras dormirme y despertarme varias veces, mirando de vez en cuando la hora, a las seis y diez, sintiéndome bien descansado y deseoso de echarme al Camino, me levantaba y comenzaba sin prisa, pero sin pausa, con la rutina diaria, dedicando especial atención como en días anteriores al cuidado, protección y prevención de mis sufridos piececitos. A las 07:18 me hacía la foto en la puerta del albergue A Pousa do Asma, la compartía y aprovechando que el café de al lado, Café Capitol, estaba ya abierto, entraba para tomarme un cortado con una ración de bizcocho de naranja casero. Tres minutos antes de y media estaba comenzando, ahora sí, a caminar por las calles de Chantada.

 

El objetivo de esta jornada era, como cada día, llegar al destino fijado, Roideiro, pero la estrategia volvía a cambiar respecto al día anterior, si ayer solo quería llegar, dando igual cuándo y cómo, hoy el objetivo era recuperar la esencia de mis Caminos. Volver a disfrutar, a hacer fotos, a deleitarme los sentidos. Me sentía mejor pero, sobre todo, me sentía con ganas y no quería ahogar un día más en mi sufrimiento. En el Camino, como en la vida, un día caminado o vivido, pero no disfrutado, es un día gastado, una jornada perdida.

 

Y así, calentando durante las primeras subidas en ligero ascenso por las calles que me llevaban hacia las afueras, empezaba a disfrutar la maravillosa jornada de hoy.

 

Justo antes de llegar al punto más alto de Chantada, aún por la acera de la izquierda, antes de coger la carretera por la que se abandona definitivamente la localidad, cuando iba, como todas las mañana, rezando mi padre nuestro y dando gracias por todo lo que tengo, me rebasaba por la izquierda, por el hueco que quedaba entre mi hombro izquierdo y la barandilla que protegía de un pequeño desnivel, la Caperucita Roja anónima, supuestamente extranjera, y sin lugar a dudas introvertida y además, un portento físico… 

 

¡Qué velocidad llevaba, casi me arranca los pins que llevo en la gorra! No la había sentido llegar a mi altura, cuando le he notado pasar me he retirado un poco más a la derecha y le he dicho, “Buenos días, buen Camino”. Sin mirarme, ha gruñido algo, y se ha despegado de mí como en los juegos de video consola, cuando el contrario abre la propulsión de óxido nitroso… la he perdido de vista en menos de diez minutos. He dedicado unos minutos a imaginar quién era en realidad aquella Caperucita Roja peregrina y he decidido que es alemana, jugadora de balonmano profesional hasta hace unos años, que además estudió ciencias y ejerce de bioquímica en una empresa del tipo Henkel y que, después de recorrer el Camino Francés, desde SJPP cuando dejó el balonmano y al año siguiente el portugués desde Oporto, este año ha decidido hacerlo desde Düsseldorf, donde empezó a caminar a primeros de septiembre… que sí, que igual me equivoco en algo… pero qué más da, ¿a quién ofendes especulando y divirtiéndote mientras caminas sin hacer daño a nadie?

 

Yo seguía a mi aire, a mi ritmo, disfrutando del clarear del amanecer. Se distinguían nubes grises, pero, como había visto en la previsión, no parecía estuviesen cargadas de agua. Lo que si era evidente es que hoy volvía a hacer frío, en ese momento, una temperatura perfecta para caminar. Según el móvil había 4º, pero la sensación térmica era agradable. Yo, además, conocedor del dato desde antes de partir y sabiendo que hoy “tocaba techo”, salía bien preparado, con un completito… Térmica en contacto con la piel, Terrex sobre esta, el chaleco ligero amarillo como tercera capa de la cebolla y, envolviendo, el chubasquero discreto de marinero. El original suele ser amarillo, este es una réplica que me compré en O Grove, en nuestra escapada de novios del año pasado, pensando precisamente en mis Caminos… es el mejor cortavientos, completamente estanco. Impide que entre agua, pero también que transpire el cuerpo.

 

Aproximadamente los primeros doce o catorce kilómetros han sido de continuo ascenso, hasta el ocho o nueve, moderado, desde Penasillás hasta coronar el punto más alto de este Camino de Invierno, La ermita de Nosa Señora do Faro. A mí, las dos últimas capas de la cebolla me sobraban ya a las nueve de la mañana, cuando aún no me faltaba alcanzar pendientes importantes… he parado mientras ascendía muy moderadamente por una pista forestal para descolgar la mochila, quitar el chubasquero y el chaleco y tirar únicamente con la térmica y el Terrex. Me dejaba la braga al cuello pues suponía que cuando ganase altura y llegase al parque eólico, aunque el sol, que empezaba a dejarse ver, habría ganado en consistencia, el viento habitual en la zona de molinos de viento haría que no sobrase la prenda al cuello.

 

Desde aproximadamente las ocho de la mañana, hasta una hora y cuarto después, que dejaba atrás Penasillás. Habré disparado casi un centenar de fotos, muchas repetidas o casi iguales, modificando mínimamente la luz o el encuadre, pero es que estaba tan bonita la mañana, con esa luz exclusiva de las horas posteriores al amanecer, cuando el sol aún no muestra su fuerza, pero se deja ver y proyecta los rayos salpicando de alegría el nuevo día, junto al entorno en el que me movía, rodeado de prados con un verde intenso, aún con el brillo de la hidratación que la humedad de la noche les confiere. El cielo, a su vez, con un precioso azul manchado de simbólicas nubes blancas o cándidos nubarrones. Todo invitaba a pararse, mirar, contemplar e, ingenuamente, intentar capturar las vistas y después compartirlas a través de WhatsApp con la familia.

 

Es obvio que, también en este caso, la realidad superaba “la ficción” en modo foto o vídeo, pero algo bueno llevaba cuando alguna me ha pedido, por favor, dejase ya de “chinchar” y dar envidia.

 

Justo cuando dejaba a tras las últimas casas de la pequeña aldea de Pensanillás, al iniciar la primera pendiente, veía bajar por ella a una lugareña, que, ya a esa distancia, proyectaba ser una buena persona; hay gente a la que, para bien y para mal, se la ve venir de lejos… su atuendo era de estar por casa o haciendo las labores del día a día en su entorno, de abajo a arriba, deportivas en tonos grises de media caña, leotardos o medias gruesas negras, falda azul marino cubriendo algo más que las rodillas, jersey de lana gruesa en tono pardo, cubierta con un delantal en el que predominaba un vichy en tono marrón, sin mangas, abotonado al frente, dos bolsillos y coronada con un gorro chubasquero, impermeable, tipo pescador, en tonos azul y naranja. Poco antes de cruzarnos le decía, “buenos días” y ella me respondía enseguida y felizmente, “buenos días”, “¿qué tal?” y ella decía sobre mi pregunta, “hoy está un día bueno”, “si hoy está un día muy bueno para caminar” y ella me decía, con una sonrisa que le iluminaba la cara repleta de marcas de experiencia y vida bien vivida, alejada de tantos absurdos, que podían parecer arrugas… “alégrome muchísimo de eso”, y me despedía sin dejar de ascender por el camino, con un “muchas gracias, señora. Que tenga un muy buen día” y ella me decía “igualmente usted”. Y algo tan sencillo, tan simple, tan gratuito como aquel saludo y cruce de cuatro frases, me aportaban aún más vitalidad, más energía y alegría para afrontar la subida que tenía aun por delante para coronar la Sierra do Faro y posteriormente descenderla, hasta llegar al siguiente pueblo, casi doce kilómetros después, Vilanova de Camba, sin servicios ni rastro humano.

 

Hoy ha sido un día precioso, he disfrutado de cada instante, de cada paisaje, de cada detalle, cierto es que siempre he ido acompañado de mis molestias, pero las he intentado mantener en un segundo plano. Hoy no estaba dispuesto a perder el día en el Camino, sé que, dentro de cuatro días, cuando ya no lo tenga a mi alcance, lo echaré de menos y me haré cruces por haber perdido tiempo en lamentaciones, en lugar de haber disfrutado de lo que realmente me trae cada año hasta el Camino: su esencia y los momentos de alegría, bondad y reflexión que este me aporta. Estoy seguro de que me hace ser mejor persona, incluso a mí.

 

Cuando veo ya cerca el final de este Camino de Invierno, solo 78 Km me separan del final, con 190 acumulados, y más castigado físicamente de lo que nunca he estado en las sendas de Santiago, tengo claro que, en el Camino, como en la vida, la actitud es la clave y, por mucho que pueda estar tocado y padeciendo, en las jornadas de mañana y pasado, aún largas en mis circunstancias, debo afrontarlas como hoy, con fortaleza, ilusión, alegría y dando gracias porque, afortunadamente, un año más puedo estar disfrutando de mi pasión… caminar por el Camino de Santiago, este año, el “de Invierno”. Además, como más me gusta, en soledad, pero sabiéndome acompañado de todos lo que están aquí a mi lado, animándome, disfrutando y padeciendo mientras me leen y hacen el Camino conmigo, solo que al otro lado de la pantalla.   

 

Y ahora os dejo que descanséis, porque mañana, ¡mañana tenemos más!

 

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