4ª Camino de Invierno

A Rúa de Valdeorras · Quiroga · 26,5 Km · 6h 16m

!Llegue! Llegue a Quiroga. Y dadas las circunstancias, puedo decir que he llegado como una rosa.

Comenzaba a caminar por las calles de A Rúa, ahora sí hacía la salida del pueblo en dirección a mi destino de hoy, Quiroga, a las 06:52. Lo hacía tras hacerme el selfie a la puerta del único bar – restaurante – cafetería abierto y que, aunque cogía un poco a desmano de mi itinerario natural, siendo conocedor de que no encontraría ninguna opción posible en las seis pequeñas poblaciones que encontraría antes de llegar a destino, y según me recomendó Victor, mi salvador podólogo la tarde anterior, debía aprovechar para echar algo caliente al cuerpo, aunque fuese un cortado con leche fría, como así ha sido, acompañado de un par de churros amablemente depositados junto a la taza de café, en un pequeño bol de cristal, por una de las dos camareras que me atendían como único cliente. Pagaba un euro y aprovechaba para entrar al baño, hacer mis últimas necesidades antes de emprender Camino y, ya de paso, lavarme los dientes y un poco la cara…

Trás enviar la foto y compartir ubicación en tiempo real en el grupo de WhatsApp familiar comenzaba a caminar de manera ligera, ignorando de entrada cualquier dolencia para, al mismo tiempo que calentaba, testaba como iba todo el engranaje y que sensaciones tenía.

A las siete en punto estaba en la parte alta del pueblo, frente a la iglesia, justo al lado de O’pillabán, el sitio elegido inicialmente para pasar noche, pero que se vio frustrado por la pésima gestión de Juan, aquel que el sábado 22 me confirmo habitación por WhatsApp y del que no volví a saber, aunque le escribiera para confirmar el pasado domingo, es decir, anteayer y que no volvió a dar señales… Juan de O’Pillaban, o Juan el informal, creo que lo llaman…

Hacía una nueva foto de la preciosa estampa de la iglesia con su sutil iluminación en la oscuridad de la aún cerrada noche y, con la luz frontal, que llevo bajo la visera de la gorra, encendida, la linterna en la mano izquierda y la luz roja destellan, comenzar a caminar por la carretera que me llevaría definitivamente a las afueras del pueblo.

Me había recreado leyendo detenidamente la jornada de hoy varias veces, sabia que iba a salir siendo aún de noche y quería tener en cuenta todos los cruces y desvíos que debía tomar mientras fuese noche cerrada. Aunque el Camino está bien señalizado, por la noche, es muy importante apoyase en la linterna para ir localizando las marcas, flechas amarillas pintadas en cualquier superficie, una señal de tráfico, una piedra, fachada, bordillo de una acera, poste de la luz, cualquier sitio es bueno para pintar una flecha que corroboré siempre que vas por el camino correcto, especialmente por la noche, cuando dicen todos los gatos son pardos…

Así iba, pendiente de las señales del Camino y de las que mi cuerpo en general emitía, sobre todo las zonas afectadas y que ayer me hacía temer si hoy podría con esta jornada y si me vería con fuerzas para afrontar mañana la jornada “reina”, la más larga de este Camino de Invierno.

Me sentía bien, mucho mejor de lo que podía haber imaginado durante toda la noche, no tenía molestias que no fuesen asumibles. Mientras caminaba por la oscuridad, a lo lejos se veía una zona industrial tenuemente iluminada por alguna pobre farola. A distancia no se podía distinguir mucho, pero si lo suficiente para ver que había alguna cabina de camión aparcada, así como un par de remolques y algún vehículo pesado más. Aún no se podía distinguir de que era la empresa, aunque se intuían maderas, palets, troncos, según avanzaba embelesado en intentar averiguar de que tipo de negocio se trataba, acertaba a leer en la distancia, en lo alto de la nave principal, Maderas La Cigarrosa. Materiales de construcción. A ambos lados de la carretera había desperdigados vehículos y maquinaria de todo tipo, además de embalajes y material apilado, la imagen a esas horas, en la oscuridad era de desbarajuste, que no pasa nada, pero podían tenerlo un poquito más curioso ¿no?, que parecía que estaba todo tirado o abandonado porque hubiesen saliendo corriendo para irse de puente.

El caso es que una vez dejado atrás y de haber “criticado” mentalmente el orden de los de La Cigarrosa, justo cuando llegaba a una glorieta y un cruce con distintas opciones para tomar una u otra dirección, mientras buscaba con el haz de luz de la linterna alguna señal que me confirmase cual coger, hacía memoria y no recordaba haber leído la llegada a aquella glorieta… lo que si recordaba era que tenía que cruzar, por un pequeño túnel, bajo la nacional, que iba a unos cuantos metros a mi derecha. Paraba sacaba el móvil y volvía a releer, una vez más, el recorrido. Efectivamente tenia que haber pasado ya al otro lado de la nacional por aquel túnel que no había visto.

Tocaba desandar e ir muy pendiente para localizarlo, no podía estar muy lejos, tampoco llevaba tanto andando y por lo que había leído salía a la derecha poco después de haber pasado el indicativo de kilometro uno de aquella carretera local, volvía a desandar por medio del desorden de La Cigarrosa mientras pensaba que había sido bastante torpe y me había distraído tanto con aquella empresa, a la que además no se hacía referencia en el itinerario, por lo que me tenia que haber llamado la atención, no por su desorden, sino porque no debía estar caminado a su altura. Pasado aquel complejo empresarial, a escasos 50 metros, escondido ahora a mi izquierda, encontraba el agujero en el talud sobre el que descasaba la nacional y que debía de haber encontrado a mi derecha sino me hubiese puesto a jugar a las adivinanzas con aquello que veía aún a cierta distancia.

Me introducía en aquel casi claustrofóbico tunelillo, por el momento bastante bien iluminado gracias a mis dos haces de luz, la del frontal y la de la linterna, y que en poco más de treinta segundo lo surcaba alcanzando un camino que giraba a la izquierda e iba ascendente en paralelo a la nacional y me llevaría a pasar frente al Hotel Berna y posteriormente a la residencia de mayores , Os Pinos, como había leído repetidas veces y desembocaría en la carretera local OU-933, por la que tendría que caminar durante varios kilómetros hoy y que, un poco más a delante pasaría a denominarse LU-933, al pasar a ser ya provincia de Lugo.

Cuando llevaba ya un rato pisando el asfalto de la 933, empezaba a apreciarse que el cielo iba clareando, aún oscuro, pero se podía distinguir alguna nube oscura. Por lo que había visto no se esperaban lluvias. Puede que estuviese algo nublado, pero hoy iba a ser sin agua. Mientras caminaba de manera ligera iba pendiente de los arboles que flaqueaban el serpenteante asfalto. Quería descubrir las mascaras y figuras de animales que, según había leído, estas dispersas a lo largo de toda esta carretera, especialmente entre A Rúa y Albaredos, primer pueblito que cruzaría hoy y que se encontraba en el kilómetro 7,3. Según iba clareando empece a descubrirlas, estaban a cierta altura, como a 5 o seis metros del suelo. Eran de madera y chapa pintada, están hechas y colocadas por un artista anónimo y hay mascaras humanas, ojos, una ballena, la cabeza de un jabalí, un flamenco (ave, no Camarón), muy variadas, curiosas y un buen entretenimiento para aquel caminar algo aburrido en principio por tener aún muchos paisajes que observar.

A las ocho de la mañana ya era de día. A mi izquierda, entre las copas de los pinos que había en la ladera a mi derecha, podía ver la montaña que había al otro lado del río Sil, el cual discurría en paralelo junto a una vía de tren que se podía ver abajo, al fondo, cuando algún hueco en el bosque lo permitía.

A las ocho y medía llegaba a Albaredos, un pequeño y curioso pueblo salpicado y decorado de estas figuras de madera y que he atravesado en escasamente un minuto y medio, lo que dura el video que he grabado mientras caminaba. A la salida otra curiosa figura esculpida en un hermoso tronco de árbol, algo Boteriana por sus redondeces, pero bastante indefinida o abstracta.

El siguiente objetivo estaba a tres kilómetros. Montefurado. Sería el kilometro diez de la jornada de hoy.

 A Albaredos se accedía por un camino tras abandonar el asfalto de la LU-933, la salida se hacía por un precioso camino enmoquetado de fina y corta hierba sobre un blando suelo de tierra húmeda… algodón para mis pies. Iba de lujo. Aquel era el mejor firme posible a pisar, cada paso era un masaje, había que disfrutarlo el tiempo que durase. Con la misma textura, o similar, el terreno iba ganando inclinación, convirtiéndose por momentos en una fuerte rampa salpicada de de pizarra en bloque y suelta a modo de zahorra. Bajaba cómodo, sin mucha molestia en el pie, pero muy atento a donde pisaba, bien sujeto al bordón y apoyando este con fuerza para evitar sorpresas. Aquella bajada desembocaba junto a un arrollo, el cual cruzaba por un puente donde tomaba un sendero que me llevaba enseguida frente a un puente sobre el que iba la vía férrea y que no tenía que cruzar, sino girar a la derecha para ir en paralelo y pegado a la vía hasta llegar a la prácticamente abandonada estación de Montefurado.

Junto la inoperante estación, estaban las primeras casas, un pueblo algo más grande que el anterior, en subida y con casas no solo habitables, sino lustrosas, curiosas y con signos de estar habitadas, aunque a aquellas horas, las 09:20, aún inactivas. Me llamó enseguida la atención una casa que había frente a mi, a la derecha al final de aquella exigente rampa. Era de piedra con una puerta y ventana en la parte inferior, una escalera de acceso a la derecha de acceso a la planta superior, donde había un balcón con una barandilla de madera y lo que intuyo sería una dependencia, tipo habitación con la persiana bajada y la fachada pintada de un rojo claro apagado, pero lo que realmente me llamaba la atención era el banco de piedra que había frente a la venta donde tenía grabada la frase “PARA TODOS”, y a su izquierda, una pila de granito con forma de concha y sobre el pilar que la sujetaba, también en granito, una vieira de bronce… aprovechaba no solo para hacer unas fotos, sino también para vaciar el poco agua que me quedaba en la botella y rellenarla en esta pila, dar un trago y seguir caminando en dirección al siguiente puebliño de hoy, O Ermidón, km 11.

Enseguida llegaba a unas casas abandonadas, era el inicio del pueblo y unos metros mas allá había otras, aparentemente también deshabitadas y que eran las últimas.

El siguiente objetivo era ya Bendilló, marcado en el kilómetro 17,7. Faltaban aún casi seis kilómetros para llegar, pero cuando lo alcanzase, me faltarían solo nueve kilómetros para llegar Quiroga, mi destino de hoy. Iba increíblemente bien. ¡De todo! Con fuerza, sin muchas molestias, si todo seguía así, y a este ritmo, sin parar; solo lo había hecho al salir del primer pueblo, antes de llegar al intento indefinido que a mi me recordó a una gorda de botero, lo había hecho para quitarme el chubasquero, hoy no iba a llover, se veía el cielo despejado, y me quedaba solo con la térmica y el Terrex, que transpira perfectamente.

Por el Camino hasta alcanzar Bendilló, algo que hacía pasadas justo las once, el perfil de la jornada ha seguido siendo un verdadero rompe piernas, con subidas y bajadas muy pronunciadas, sobre todo alguna de las bajadas, pero las sensaciones seguían siendo magnificas. Me encontraba relativamente bien y sobretodo súper animado después de los “temores” del día anterior. Me encontraba con confianza absoluta y con al certeza de que hoy iba a terminar la jornada increíblemente bien y que, además, mañana iba poder afrontar la larga distancia, con prudencia y respeto, por ser tan larga y arrastras dolencias, pero con optimismo absoluto, algo que ayer no veía tan claro.

A la entrada de Bendilló, sobre un poyete en la puerta de un pequeño almacén, cerrado, dejaba un momento la mochila, para además de soltarla por un instante, sacar de ella una tableta de chocolate 70% valor con almendras, y abrirla para coger un par de onzas. La había comprado ayer cuando llegue a A Rúa y hacía tiempo para que me diesen acceso a la habitación, o celda, del Hostal Niza. La compre en previsión de que hoy pudiese tener una pájara como la del primer día, sabiendo además que hoy sí que no había ni tienda ni bar, ni abierto ni cerrado, hoy no había nada de nada. Me las comía en un periquete, le daba un trago a la otra botella de agua que llevaba en la mochila y volvía a cargarla para, ahora ya si, del tirón, llegar hasta Quiroga, pasando antes por Soldón, en el km 20, Os Navas en el 23, Casadero en el 25 y uno y medio después comenzar a caminar por la calle principal de Quiroga, algo que hacía cuando aún faltaban tres minutos para que fuese la una de la tarde, y por la que aún tendría que caminar durante un cuarto de hora hasta alcanzar el Hostal Quiper donde hoy me alojo y espero poder dormir a pierna suelta en la acogedora habitación número 4 de la primera planta, donde me recibía una confortable cama de matrimonio, que he podido probar aproximadamente en una hora de siesta antes de ponerme a escribir, algo que he hecho tras llamar a Marian para ponerle al corriente del pequeño incidente de esta pasada noche…

Ayer, después cenar en el mismo mesón donde había comido, Mesón O Toño, y que había localizado mientras deambulaba por la zona, haciendo la compra (el chocolate, un bollo de pan, un sobre de sopa, un cortaúñas y unas gafas graduadas, de las malas) a la espera de que me diesen o permitiesen el acceso a la habitación. Me fui al hostal para subir el post, algo que hice mientras estaba ya dentro del saco y de la cama.

Normalmente solo duermo en el saco cuando lo hago en litera de albergue, publico o privado, pero en habitación compartida, salvo que la cama me ofrezca ciertas garantías higiénico sanitaria. La de ayer como todo en general, no era el caso… Todo era super raro y frío. La habitación, al final de un pasillo en la tercera planta, donde había otras 8 puertas, todas iguales, oscuras y con más años que yo. Todas cerradas menos una que estaba entre abierta, la del baño compartido. Un baño grande, frío, con una bañera grande, sin cortina, un retrete al fondo, un bidét, a medio camino entre la bañera y el retrete, y un lavabo frente al bidét. Todos los sanitarios en un desagradable tono amarillo apagado, que creo se descatalogó cuando el rey emérito vivía aún fuera de España y no era ni rey.

El hecho es que todo en sí era no solo particular, antiguo y poco agradable, el hecho, para mí, es que además era extraño e inquietante. Desde que llamé por teléfono, cuando me falló Juan el informal, y me atendió aquella voz, que a mi pregunta de ¿tienen disponibilidad para hoy, para una habitación de uso individual? Su, “si, algo tenemos libre”. Pues ahora voy, lo que tardo en ir desde la iglesia, “Muy bien, por aquí le esperamos”. .. y llegue allí y me encontré aquel percal… un edificio de los años sesenta, sin aparentemente ninguna reforma, con la decoración intacta del día de la inauguración. Desde el portal de acceso con una puerta de aluminio, a la recepción ubicada en la segunda planta, y cuyo mobiliario era de origen, incluido el cuenta pasos del teléfono para la llamadas, fuesen locales o conferencia… era todo ranció, añejo y extraño. Cuando por fin me indicó cuál era mi habitación, no me acompaño hasta ella… “está en el tercer piso, al fondo, la 306. El baño es la segunda puerta a la derecha, en el pasillo”. Cuando entre y vi la habitación fue acojonante. De hecho grabe un video para compartirlo y mostrar las instalaciones a la familia. Marían solo me dijo, yo ahí no me quedo ni de coña! Yo salgo corriendo!

Y eso es, exactamente, lo que he hecho yo esta noche!

Me quede dormido enseguida, antes de las once. Estaba cansado. De repente me desperté, como sobresaltado. No quise mirar aún la hora. Me quite la ropa de encima del saco. Tenia calor, pero al mismo tiempo sentía como escalofrío. En la habitación hacia un frío extraño para la temperatura que realmente hacia fuera. Ahora sí, miré el teléfono. Marcaba la 01:11. Quedaba toda la noche por delante. Mire los whatsapp. Cruce un par de mensajes con Carlos, mi hijo, había salido con los amigos y estaba tomando algo y echando unos dardos, había estado jugando a los bolos. Le pedí que me pusiera un mensaje cuando llegase a casa y deje el móvil. Me volví a tumbar y empece a oir cosas, no puedo decir que, pero escuchaba ruidos. El hostal estaba vacío. En teoría solo estaban el señor que me había atendido y la señora que me había cruzado en la escalera y que me había cobrado y recogido el DNI para hacerme el registro y posteriormente me había devuelto. El caso es que me levante, encendí la luz. Me apresuré en recoger todo, vestirme, darme vaselina en los pies, ponerme las medias de compresión, hoy podía ser un día largo, calzarme, cargar con la mochila y bajar los tres pisos para salir a la calle y dejar aquel siniestro y, para mi, terrorífico lugar, la celda 306, con su armario, su mini plato de ducha, su absurdo lavabo y lo que en ella había, incluido un pequeño cuadro de Paris con la Torre Eiffel al fondo, que estaba colgado a dos metros de altura.

A las 01:37 me hacia él selfie a la puerta de aquel Hostal, pero no lo compartía con nadie. No sabía lo que iba a hacer, pero lo que tenía claro es que allí no volvería a entrar. Comencé a caminar en dirección a la gasolinera que había visto y que estaba cerca del sitio que me comentó Víctor, el podólogo, para desayunar. Si estaba abierta, igual podía improvisar y quedarme allí. No sé, pensaba como aturdido, sin mucho sentido. Llegue hasta la gasolinera y obviamente estaba cerrada. Hasta llegar a ella, me cruce con gente que estaba tomando copas en los locales abiertos, fumando en la puerta, o iba de uno a otro. También pensé en meterme en uno de los locales, pero me parecía absurdo. No tenia cuerpo ni ganas de nada. La gente me miraba como flipando un poco, supongo se preguntarían donde iría a esas horas, o que vaya disfraz de mierda para una noche de Jalogüím. Sobre la marcha pensé que otra opción era empezar a hacer la jornada de hoy de este modo, cuando amaneciese ya estaría en Quiroga. Pero era una temeridad, lo normal es que me perdiese, sobre todo cuando me quedase sin mi luz artificial. No es lo mismo andar una hora a oscuras y que empiece a amanecer, a estar toda la noche, en oscuridad absoluta caminando sin conocer el terreno y con mis posibles dolencias. No obstante, como no sabía dónde ir, me acerque hasta la iglesia de la salida del pueblo, junto al local del famoso Juan el informal. Me senté en los escalones del cruceiro y leí por primera vez el itinerario del recorrido de hoy. Definitivamente lo descarte, era una locura. Una temeridad, además de una imprudencia.

Miré al rededor, vi dos bancos junto a una fachada, eran curvados, con listones de madera, cómodos no parecían, además a la intemperie, por mucho que me abrigase y metiera en el saco… descartado.

De pronto me acordé. En el cruce de la general, la que llevaba a la gasolinera a la izquierda y hacia abajo a la zona de la estación y hostal, había un cajero interior de Abanca. Esa iba a ser la opción… y esa ha sido.

Siempre hay una primera vez para todo, también para dormir en el suelo de una sucursal bancaria a pies de un cajero automático. Espero también que sea la última. Pasadas las dos y cuarto de la madrugada, me metía en la entrada a la sucursal, donde está el cajero, sacaba el saco, sobre el suelo ponía el chubasquero doblado, a modo de aislante, sobre él el saco, me descalzaba y dejaba recogido en un rincón, antes de meterme en el saco cerraba el pestillo de la puerta, ahora si, me tumbaba y metía en el saco. Sabía que no me iba a dormir, pero al menos iba a estar descansando y relajado, no podía ni quería volver aquella habitación, sabía que en aquel sitio, con aquellos ruidos y mis pensamientos, lo menos que me podía pasar es que hoy llevase un gran mechón blanco en la cabeza… 

A los veinte minutos de estar allí alguien intentaba entrar para sacar dinero, me levantaba par abrirle, nos dabamos las buenas noches, sacaba su dinero y mientras yo me metía otra vez en el saco, se despedía y salía juntando la puerta. Al rato llegaba un segundo visitante a sacar cuartos, me saludaba, con un buenas noches, sacaba su dinero y se iba sin hacer ruido cerrando también la puerta, la cual no ha vuelto a abrirse hasta que he sido yo el que la ha abierto, ya calzado, vestido, habiendo releído hasta tres veces el recorrido de hoy, ya con todo recogido en la mochila y con esta a hombros para, a las 06:38, hacerme un selfie a la puerta del lugar que ha sido me tranquila morada de esta noche y dirigirme hasta la cafetería donde ponen el café a los cazadores de la zona…. El resto ya lo sabéis. Hoy ha sido un día de lujo, se me ha dado todo de miedo…

Mañana me espera la jornada más larga, 35 km hasta Monforte de Lemos. Me encuentro bien, con fuerzas, con ganas y seguro de que esta noche, muy mal se tiene que dar para que no sea mejor que la pasada… así que mañana, mañana… más!

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