9ª Camino de Invierno.

A Laxe a Ponte Ulla · 29 Km · 7h 6m

 

 

Y hubo cambio de planes…

 

Hoy, sobre el papel, estaba pintada como una la jornada de 33 Km, llegando y haciendo noche en el albergue público de Outeiro, pero esta mañana, cuando leía detalladamente la jornada, hacia una reflexión que no había hecho hasta ahora, ya sobre el terreno y con los kilómetros pateados y acumulados. Los siete últimos de la jornada de hoy eran tres en fuerte bajada hasta Ponte Ulla y posteriormente cuatro en continua subida hasta Outeiro.

 

Siendo consciente de que, por mucho que en las primeras horas de la jornada me sintiera de lujo, con todo bajo control y viese prácticamente, en mi derredor, de color de rosa, cuando pasaba los tres cuartos de jornada, cuando ya casi atisbaba el objetivo fijado, el sufrimiento crecía exponencialmente al acentuarse las molestias por la propia fatiga, de ahí que sopesase la opción de adelantar el final de hoy, alargando la jornada de mañana, y última este año. Era, aprovechando que ahora ya hay más servicios, recortar en cuatro la de hoy, de 33 a 29, y hacer que la de mañana fuese de 20 en lugar de 16. Además, evitaría quizá reventar hoy en la última subida, con las posibles consecuencias para la llegada de mañana a Santiago y en cambio, el inicio de mañana, en subida, me vendría bien para calentar y poner la maquinaria en condiciones para finalizar en la Plaza de Obradoiro.

 

Miraba en Gronze y me informaba de que había dos opciones, abiertas todo el año, un albergue privado a 15€ en litera en habitación compartida, y un hostal, a 25€ en habitación independiente. Había que intentarlo… o arriesgar a reventar hoy, o aprovechar para calentar mañana.

 

Anoche, sobre las 20:30, me dejaba a la puerta del albergue público de A Laxe (Bendoiro) el servicial Marcos, taxista con licencia nº 12 de la zona. Entre el trayecto del mediodía, cuando me llevó hasta Lalín, y en el de vuelta al albergue, posiblemente aprendí más de las vicisitudes del Camino de Invierno, que si me hubiese encerrado en la biblioteca Diocesana de Santiago de Compostela… El bueno de Marcos me explico que, en 2015, un grupo de empresarios de distinta índole (él como representante del gremio/sector de transportes), se asociaron con el objetivo de oficializar el Camino de Invierno, ya que estaba recogido en los escritos desde hacía siglos, pero hasta la fecha no estaba reconocido. Al año siguiente gracias al empeño y a la documentación aportada, consiguieron el objetivo. Los pasos siguientes han sido mucho más laboriosos y, desde luego, mucho menos lucidos. Me explicaba que llevan desde entonces reuniéndose con concellos, vecinos, asociaciones e instituciones, para encontrar la forma de dotar de servicios al Camino de Invierno para hacerlo más viable, ya que hasta hoy, siendo uno de los caminos más bellos y atractivos, la falta de servicios durante distancias superiores a los 20 o 25 Km, frena a muchos peregrinos, ya que no todas las personas están capacitadas como para afrontar jornadas tan largas y sin un solo local público donde parar a tomar un café, un simple bocadillo o por pernoctar. Pero, como él decía, es la pescadilla que se muerde la cola… No hay peregrinos porque no hay servicios… No hay servicios porque aún no hay peregrinos. Nada nuevo, pero una muy Interesante escucha. Me quedé con su contacto de cara a futuro…

 

Cuando me bajaba del taxi, en la puerta, como probando una llave, estaba el hospitalero, el mismo que me había atendido a mi llegada y me había comentado las dos opciones para poder comer… A, a 400 m; B, a 1.000 m, en el polígono y como la opción A estaba cerrada, me inspiré en el espíritu de peregrino experimentado de aquel francés de Rodeiro… busqué un taxi, y encontré a Marcos… Pues eso, que aquel hospitalero, latino como única reseña destacable, me recibía a las puertas, para decirme que solo había llegado una peregrina más, que era ¿asturiana? ¿australiana?, no sé. Él tenía prisa porque me explicaba que saliese por aquella puerta cuando me fuese por la mañana y que, por favor, fuese antes de las 8 de la mañana y que tirase bien de ella para asegurarme de que quedaba bien cerrada. Tras su breve monólogo, conmigo ya dentro del albergue, me demostró cómo se hacía… cerró la puerta, se cercioró que quedaba cerrada y desapareció.

 

Subí a mis aposentos, la habitación B, elegida a mi llegada. Solo estaban mis pertenencias junto a la litera que las había dejado. Ni rastro de la peregrina, asturiana o australiana, en ninguna de las otras cinco literas. Salí de mi habitación y me dirigí a la habitación A, junto al baño femenino y mucho más grande, con capacidad para el doble de huéspedes, veinticuatro en total en doce literas. Allí estaba, en la primera litera junto a la puerta, la peregrina. La salude desde la puerta con un, “buenas noches, ¿todo bien?”, ella me decía algo así como guz nait, fain, zankiu. Enseguida deduje que asturiana no era… debía ser australiana y entendí perfectamente lo que me había contestado, un “buenas noches, bien, gracias”. Fue todo lo que hablamos, yo fui al baño y luego a mi habitación para prepararme a pasar la noche en aquel frío, desangelado, oscuro y deshabitado albergue.

 

Con todo ya dispuesto, hacia un par de llamadas, a mi “redactor jefe” y “asistente de producción”, recibía nuevas instrucciones y encargos para la jornada siguiente, comentábamos detalles mínimos sobre el contenido de hoy y, cuando colgaba, llamaba a casa para confirmar que ya estaba en el albergue y encamado, poner al corriente de que compartía albergue, que no habitación con una posible australiana, y comentaba que, para hacer tiempo antes de dormirme, porque si lo hacía tan pronto me despertaría antes de la una y luego ya no cogería el sueño, me iba a poner a subir unas fotos a las RR.SS, que luego, antes de plegar para dormir, llamaría para despedirme y desear una feliz noche. Dicho y hecho… sobre la cama, en el saco, a oscuras, solo con la luz del móvil, me puse a seleccionar fotos de cada una de las ocho jornadas para ir subiéndolas, cuando no había casi salido de Las Médulas, me llego el primer aviso… me acababa de sobrevolar junto a la oreja derecha algo que sonaba como una avioneta turbo propulsada, pero que, al estar dentro del albergue, solo podía ser un puñetero mosquito… jooooder!!! ¡¡¡¡Mosquitos!!!!

 

Me enterré un poco más, en la misma postura, eso sí, más tenso. Seguí con mi tarea y cuando estaba entre Quiroga y Monforte de Lemos, lo que en principio era una amenaza, se convertía en un ataque manifiesto… el puñetero mosquito me acababa de picar (un poquito) en el dedo meñique de mi mano izquierda! El cabronazo, se había escondido detrás del móvil para picarme. Quería dejarlo todo “subido” pero no quería que me comiese. Ya no valía apretarse contra el colchón, había que encerrarse en el saco, dejar una apertura mínima para respirar y acabar de subir las fotos para apagar el móvil, a ver si conseguía despistarle y que no supiese donde estaba para no volver a ser el blanco de sus picaduras. Terminé lo antes que pude, llamé a mi rubia, que ya casi dormitaba, solita, en casa, viendo la tele, nos deseábamos una feliz noche de descanso, bloqueaba el teléfono para dejarlo a oscuras, abría mínimamente el saco para sacar las manos, enchufar el móvil a la red y, sin asomarme mucho más, comprobar que tenía todo organizado y a mano, principalmente la gorra con la luz frontal, para cuando me levantase por la noche al baño.

 

Me volvía a encerrar dentro del saco dejando únicamente una mínima apertura para sacar el hocico para respirar y me dejaba caer, consciente de que, incluso en aquella postura antinatura, iba a caer dormido en breve… y así debió de ser porque no recuerdo haber oído al puto mosquito. Eso sí, estando profundamente dormido, empece a notar una tirantez y cierto calorcillo en el labio inferior, estaba tan dormido que tardé en comprender y asumir que aquel puñetero mosquito de mierda me había dado un “piquito”, ¡¡¡¡joooder!!!! Me empecé a agobiar con el tema de mis alergias a los puñeteros mosquitos. Ha habido veces que me han tenido que inyectar Urbasón, para calmar los efectos de alguna picadura. Así que me arme de valor, salí del saco, me enfunde la gorra, encendí la luz, con temor a ser atacado nuevamente y cogí una pastilla de Urbasón de las que llevo siempre a mano, al igual que la crema antibiótica para picaduras, que llevo también en la riñonera y me fui al baño para tomarme la pastilla, ver los efectos de la picadura, aplicarme la crema a modo de vaselina labial e irme a esconder nuevamente dentro del saco.

 

En esta ocasión lo hacía habiendo cogido previamente al funda de un solo uso de la almohada para, a modo de velo, ponerlo en la apertura que dejaba para respirar e impedir que el mosquito me volviese a agredir o besar… desde ese momento, no he vuelto a sentirme dormido, he descansado, porque he estado tumbado y con los pies en alto; había puesto tres almohadas de otras camas (vacías) a los pies de la cama para apoyar sobre estas los pies y así facilitar la circulación y que descansarán un poco más, pero dormir no he dormido, he estado oyendo al mosquito toda la noche dando vueltas y supongo que posado en la tela puesta como parapeto. Hasta que ya, convencido de que debían ser las tantas, me apresuraba a salir del saco, coger otra vez la corra, el móvil, las gafas e iba al baño, eran las 06:15. A mi regreso a la habitación, aun a oscuras, la luz del albergue no se enciende automáticamente hasta las siete en punto, empezaba a recoger y guardar todo. Mientras hacía esto, escuchaba movimiento en la otra habitación, la australiana iniciaba también sus preparativos para partir.

 

A las siete en punto se encendía la luz y con todo ya recogido, a falta de guardar las chanclas y el neceser, cogía este, las medias y zapatillas para irme a la zona común, una sala con mejor luz y empezar a cuidarme los pies. Vaselina, diente de león en las zonas sin herida, pero con posible lesión, sobrecarga o agujetas, así como en general en las piernas de rodilla para abajo, especialmente en tibiales y gemelos. Mientras estaba en esto, la peregrina se despedía y salía del albergue. Observaba que lo hacía cubierta con el poncho de agua. Se confirmaba lo que me parecía haber oído durante la noche, además del al jodido mosquito, había estado lloviendo, no muy fuerte, pero se sentía el ruidito de la lluvia y el goteo constante de algún canalón, o bajada de agua.

 

A las 07:28, tras haber tomado las medidas necesarias para una travesía bajo la lluvia, me hacia la foto en la puerta del albergue, activaba la ubicación y la app, enviaba el WhatsApp y comenzaba a caminar, aún de noche con el objetivo de llegar hasta Puente Ulla, eso sí, parando antes en alguno de los bares que, hoy sí, me encontraría abierto para desayunar en condiciones. Hoy me apetecía un montado de algo, sabía que luego me costaría arrancar nuevamente, pero me lo iba a tomar con calma, desayunarla y después volvería a calentar y a aislar mentalmente las molestias, como hago cada mañana y luego, por temor a volver a sentirlas, la mayoría de los días no he parado ni para descansar los hombros… hoy sería distinto.

 

Y así ha sido, a las diez de la mañana llegaba a Silleda, primer gran pueblo que atravesaba hoy, a 9,5 Km del punto de partida de hoy. Entre medias, hasta llegar, innumerables paradas para hacer fotos y grabar videos aplicando las técnicas de mi “asistente de producción”. La verdad es que el recorrido de hoy tenía mil rincones, paisajes, vistas, panorámicas, para deleitarse, con y sin móvil en la mano. Además, la lluvia no era constante. A ratos lloviznaba, a ratos paraba, y en otros caía con más gana. Poco antes de llegar a Silleda la lluvia ha cesado por completo, las nubes han desaparecido y el cielo se mostraba azul intenso y despejado. Los rayos de sol proyectaban también hoy mi sombra sobre el terreno.

 

Cuando llegaba al primer bar abierto en Silleda, en una plaza por la que discurre el Camino, aprovechaba para, una vez dentro, quitarme el chubasquero, el Terrex, y guardar este en la mochila, para, una vez que hubiese desayunado, continuar solo con la térmica y el chubasquero.

Según iba a pedir en la barra, en la que había tres lugareños consumiendo y charlando entre sí, veía en la mesa del rincón de la barra, a mi izquierda, desayunando a su vez, a la peregrina australiana. Pedía un cortado con leche fría y preguntaba si podía ponerme un montado de algo caliente. Me decía que no, que no tenía, ¿y tostada? ¿Puede ser una tostada con…? ¡No, no tengo pan!, no me dejaba a acabar la pregunta. Vale, ¿Y qué tiene para poder tomar con el café? Galletas, croasancitos pequeños o sobaditos pequeños. Vale, pues deme sobaditos.

 

Mi gozo en un pozo, yo que, hoy, quería un montado! Me sentaba en una mesa frente a la australiana y la saludaba, ella correspondía muy agradablemente y me preguntaba si todo iba bien. Ok, ok, all good, le decía yo con mi inglés de Vicálvaro, ¿And you? Fine, thanks. Y me preguntaba algo más que ya me costaba desde el principio entender. Después de invertir escasamente cinco minutos en tomarme aquel pobretón desayuno, me acercaba a la barra a pagar y a pedir a la señora que, por favor, me rellenase la botella de agua, y a la vuelta me acercaba a la mesa de la australiana para entablar algo de conversación y averiguar qué me preguntaba antes, después de agudizar mi ingenio, además de mis torpes oídos, entendía que me estaba preguntando que dónde finalizaba la jornada hoy. Le explicaba, y me apoyaba con el móvil para enseñarle el recorrido en Gronze, que mi objetivo era llegar hasta Puente Ulla y, una vez allí, intentar encontrar plaza en el albergue privado o en el hostal. Me dijo que ella también. Le enseñaba el albergue y me decía que si, que ella también allí. Ok. Pues allí nos vemos, la decía y me ponía el chubasquero, cargaba con la mochila, cogía el bordón y decía, adiós, buenos días a los lugareños y camarera, y un “Buen Camino” a la australiana.

 

Emprendía Camino con el firme propósito de volver a parar en el siguiente pueblo con servicios, que por lo que había leído sería en Bandeira, a siete kilómetros del triste cortado con sobaditos…

Volvía a pisar con conciencia, pisando y sintiendo para ver cómo estaban las dolencias. No estaban muy mal. Enseguida me sentía otra vez cómodo y cogía un buen ritmo, el cual, como de costumbre, solo rompía para intentar recoger en imágenes la belleza que contemplaba a mi alrededor. Pasadas las once y media cruzaba Bandeira caminando por su travesía y me tropezaba con dos bares, uno enfrente del otro, el de la derecha tenía opción de mirar la primitiva y volverla a echar. Fue lo que me hizo decantarme por ese. Antes de pedir nada concreto, le pregunte a la señora que estaba dentro de la barra si podía ponerme un montado de algo. Me dijo, “espera a ver que no sé si nos queda pan”, se volvió para preguntarle a otra mujer que salía de la cocina, “¿queda pan para hacer un bocadillo?” Volvía a precisar, “para un montado, solo quiero un montado”. La señora del fondo decía, “sí, para un montado sí queda”. Y le decía “¿de qué puede ser?” “De jamón, salchichón, queso, chorizo, lomo embuchado…” “¿de tortilla francesa podría ser?” “Si, vale”. “Pues eso, un montado de francesa, gracias”. “¿Y para beber?” “Un tercio de Estrella. Muy frio, por favor”.

 

Me sentaba en una mesa, con la tele justo encima, encendida y con las noticias. Escuchaba una desagradable noticia de un atropello múltiple en Torrejón que me hacía tomar conciencia de que, por desgracia, fuera del Camino, seguían ocurriendo cosas, aunque yo me intentase mantener al margen y alejado de todo ello. Enseguida me llegaba el “montado”, algo que en muchos sitios que yo conozco pasa oficialmente por bocadillo en condiciones, y la tapa del tercio… una pequeña porción de empanada gallega casera que no puedo explicar cómo estaba de rica… un escándalo. Mientras daba buena cuenta de todo, miraba por la cristalera hacia la calle y veía a la australiana, estaba parada, hablando por teléfono a la puerta del bar y cuando miraba dentro le hacia un gesto saludándola, ella tras colgar, entraba, me saludaba y me pedía permiso para sentarse a mi mesa. Lo hacía, se pedía también una cerveza y un bocadillo de algo, no sabía de que, y comenzábamos a intentar hacernos entender y a saber un poco más el uno del otro.

 

La que según el hospitalero latino era asturiana o australiana, resultaba ser austriaca, de Austria, está haciendo la ruta de la plata, es su primer Camino y salió el día 3 de octubre desde Sevilla… FLIPANTE. Me preguntaba si yo había salido también desde Sevilla, le decía que no, que venía por el de Invierno y me decía si eso es desde Granada, recurría nuevamente al móvil para mostrarle cual es el recorrido del Camino de Invierno. Me preguntaba si era mi primer Camino, y le decía que no, que este era mi décimo contacto con el Camino, aunque era mi cuarto Camino completo, si todo va bien mañana, después del francés, el portugués, desde Tui, y el Inglés desde Ferrol. Y todo ello mientras yo me terminaba mi montado, pagaba y la dejaba esperando el suyo (me había comido el pan que quedaba y la señora de la cocina había salido a comprar el pan para poder hacer el suyo). Confirmábamos antes que nos veríamos en Puente Ulla para intentar coger albergue. Antes de salir me decía que se llamaba Juanilla. “Yo Rafa”, le respondía. “Ah! Plis to meet you”. “Plis to meet you, too”.

 

Y así emprendía nuevo Camino, volviendo a calentar, algo más castigado que tras la primera parada, y con el firme propósito de no volver a parar nada más que para hacer alguna foto, no muchas ya, a la luz a estas horas le pasa como a mis pies, que pierden mucho, así que los casi trece kilómetros que quedaban por delante, serían para tomárselos, con calma, sin prisa pero sin pausa e intentando coger un ritmo cómodo, para ignorar las dolencias sin dejar de disfrutar de las vistas, aunque no haga muchos esfuerzos en inmortalizarlas…

 

Mientras caminaba intentaba contactar por teléfono, en varias ocasiones, con el albergue, todas infructuosas. A las 13:15, después de intentarlo por última vez, llamaba al hostal. Me cogían el teléfono. Primera alegría. Preguntaba si tenía disponibilidad para esta noche. Me decía que sí, que le quedaba solo una habitación doble. Segunda alegría. Le pedía me confirmase el precio. 25€ por persona. “¡Resérvemela, por favor!” “Perfecto ¿sobre qué hora llegará?” “Pues calculo que como en una hora y media”. “Vale, lo digo porque nosotros cerramos la cocina a las cuatro y, además le digo que cerramos a las seis y los domingos no hay ningún otro bar abierto en el pueblo, porque usted lo sepa”. “Ok, no hay problema, pero gracias por informarme. ¿Su nombre?” “Ana, Gracias”, “Ana, el mío es Rafa, Rafa Escribano”. “Muy bien pues aquí le esperamos, ¡buen camino!”

 

Colgaba con la satisfacción de tener confirmado que me quedaba poco más de una hora de seguir disfrutando (y padeciendo un poco ya) la jornada de hoy, porque tras la fuerte bajada hasta el cauce del Ulla, encontraría el alojamiento deseado, haciendo efectivo el cambio de planes para evitar poner en riesgo el final de la jornada de hoy y la de mañana, día clave, la llegada a Santiago.

 

A las 14:36, me hacía la foto a la puerta del Hostal, apagaba la localización en tiempo real y la app de seguimiento, enviaba la foto a los míos y entraba al bar para, tras dejarle el DNI y sellar la credencial, subir a la habitación, dejar la mochila, el bordón, quitarme las zapatillas, las medias, calzarme las chanclas, remansarme las perneras de los pantalones, dejando al aire de rodilla para abajo, lavarme la cara y las manos, y bajar a comer antes de que cerrasen la cocina… había menú, pero de domingo, plato único. Churrasco con chorizo criollo, patatas fritas y ensalada de lechuga, cebolla y tomate. ¿Qué le íbamos a hacer? habría que comérselo, aunque hubiese que pedir un par de Estrellas para poder pasarlo.

 

Cuando había dado por concluido el festín, sin poder con todas las patatas ni con dos de los cuatro pedazos de churrasco, aparecía por la puerta Juanilla, extenuada. Sonreía, pero con la cara ciertamente desencajada. Le preguntaba que tal estaba y me decía que, cansada. Le decía que en media hora iban a cerrar la cocina, que se apresurase en pedir, se levantaba a pedir a la barra y a preguntar si había alojamiento, yo le había adelantado que no, pero creo que no me entendió o prefirió confirmarlo. Curiosamente le dijeron que se había quedado libre una habitación triple, que podía cogerla por 30€. Se lo ha estado pensando mientras comía únicamente una ensalada mixta y se bebía una Estrella y, finalmente, después de hablar con una comensal de la zona, que estaba comiendo en otra mesa con su familia y que hablaba perfectamente inglés, esta le ha dado indicaciones de un albergue que está relativamente cerca, además de decirle que en la gasolinera que está a 800m podría comprar, si necesitaba, algo para cenar y demás.

 

Yo, he acabado mi café, he visto como finalmente el Atlético empataba frente al Español (con uno menos) y me he despedido de ella hasta mañana, cuando seguramente y por el Camino, nos encontraríamos en algún bar desayunando, y si no, una vez alcanzado, si todo va bien, el objetivo de mañana, entrar en la plaza del Obradorio para, en mi caso, dar por finalizado este sorprendente Camino de Invierno y ella, su primer Camino de Santiago, el impresionante y más variopinto posible, el de la Ruta de la Plata, 36 días después de haber empezado a caminar en Sevilla. Admirable.

 

Pero eso será ya mañana, porque mañana, mañana aún hay más.

 

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