6ª Camino de Invierno

Monforte de Lemos a Chantada · 30,4 Km. · 7h 32m

Casi con toda seguridad una de las jornadas más exigentes que recuerde en todos mis contactos con el Camino.

He vivido días más duros por condiciones climatológicas, días con distancias más largas, con subidas exigentes y con bajadas peligrosas, pero la jornada de hoy, ha tenido un poco de todo y bastante exagerado…

La distancia no era excesiva, pero si larga; las califico como largas cuando pasan de los 28 o 29 Km, mi umbral del sufrimiento lo tenía localizado entre los 25 y 27, ahora creo que, al cumplir años, este va cayendo y está ya más cerca de los 23 que de los 27. Además, venía de hacer ayer una jornada de 35.

Hoy el agua ha hecho acto de presencia. Me ha acompañado desde Monforte. Al principio, y de vez en cuando, en forma de orballo, otras veces como un simple sirimiri, pero en algún momento como fuerte chaparrón. Además estaban mis condiciones particulares y molestias que vengo arrastrando desde inicio y que parecen acentuarse con el paso de las jornadas, pero lo más destacable hoy ha sido, sin lugar a duda, el final de la jornada. 

En el km 22, en Montecelo, comienza un descenso por una pared vertical de 2,3 km, a través de un bosque de pinos, castaños, robles, alcornoques… sobre un firme irregular, resbaladizo, que aún conserva parte de una calzada romana empedrada. La bajada en un constante zigzag hacia el cauce del río Miño, el cual, al principio, solo se intuye (si lo has leído) y un poco más abajo, a través de alguna pequeña apertura en el frondoso bosque, se alcanza a divisar. El bosque, de repente, da paso a bancales con los viñedos de la Ribeira Sacra, desde ese momento la vistas al Miño y a los bancales del otro lado de la orilla son un verdadero espectáculo, que solo se puede disfrutar si te detienes a contemplarlo, ya que bajar y mirar es un deporte a esponsorizar por Red Bull, de alto riesgo; una mala pisada puede suponer un traspiés que, en el peor de los casos te lance sobre la pendiente o en el mejor te provoque únicamente un esguince. La bajada es la más extrema por verticalidad y con tanto riesgo que recuerdo. Más que el descenso desde el Alto del Perdón, donde no es extremo por vertical pero sí peligroso por ser sobre piedra de canto rodado, suelto y muy resbaladizo.

Una vez abajo, solo queda cruzar el puente sobre el río Miño, mirar atrás para flipar con lo que has conseguido descender, en mi caso a salvo, y apretar los dientes para volver a trepar por una pared similar solo que en la otra orilla y que, de vez en cuando, ademas de una calzada romana igual, con agua chorreando en algunos puntos en todo el ancho del sendero, hay suerte y aquello  desemboca en una calzada de asfalto y trepa zigzagueando de igual modo por la ladera de la montaña, que se toma y se deja, por atajos aún más empinados, para caminar menos mentros, pero a gatas, hasta conseguir ascender más de trescientos metros de altitud en menos de tres kilómetros.

Sinceramente, este camino de Invierno está infravalorado en cuanto a dureza y exigencia. Cierto es que no se alcanzan cotas tan altas como en el Francés, pero hay tramos mucho más duros. Hoy, seis de los últimos nueve kilómetros, tanto en bajada como en subida, son mas radicales que la propia subida a O’Cebreiro! Independientemente de cómo lleve yo mis pies… que esa es otra.

Anoche, después de improvisar una cena en el propio albergue tras acabar de escribir, me encame con la intención de dormir, descansar y, ojalá, recuperarme algo las dolencias.

Por la tarde había saneado, lo mejor puede, las ampollas, además de haber masajeado bien las zonas más sensibles en cada uno de los pies y tobillos, los gemelos y tibiales. Estaba mejor que cuando llegue de comer. Me había quedado frío sin haber estirado, pero además, estaba sensible. No era cuestión de darse paseos ni caminatas, el albergue estaba en una zona retirada, al otro lado de las vías, y llegar hasta la zona de bares para picar algo era algo que no me seducía lo más mínimo. Así que un trocito de salchichón con pan ,que había comprado, y al saco.

Cuando estaba dentro, tumbado, tome realmente conciencia de lo “perjudicado que estaba”. El simple roce del saco en las zonas más comprometidas, me provocaban un dolor solo soportable para un cinturón negro aspirante a cuarto Dan; y yo, a estos efectos, voy por el cinturón a amarillo… pero como soy más cabezón que uno de los que acompañan a los gigantes en fiestas, pureza aquí estamos, y con intención de seguir y acabar.

He descansado. He dormido del tirón, como siempre, hasta las dos y pico y luego me he despertado, he visto que seguía solo en el albergue, mi compañero argentino, residente en Francia, y que está por Monforte para a ver a un amigo y a visitar unas excavaciones de no sé que… todo esto porque algo le escuche y el resto me lo contó esta mañana la mujer que regenta el albergue mientras disfrutaba del desayuno que me haba preparado; café fuerte, largo, con unas gotas de leche fría y una porción de bizcocho casero que me he encargado de destrozar estéticamente con un poco de mantequilla, aun un poco fría, y una mermelada de melocotón, pero que me ha sabido re que te riquísimo.

El caso es que, tras comprobar que seguía solo en la habitación de 4 literas, y de levantarme al baño, volvía a ensacarme, con cuidado de no rozarme mucho con el saco, intentaba volver dormir. Algo que he conseguido tras echar un vistazo al móvil y ver que no había nada importante en el entorno más cercano, más allá de algún mensaje de ánimo de gente querida y que me es  súper gratificante y de agradecer, así como algún like en RR.SS. Me despertaba nuevamente a las 05:26 con el tintineo de un nuevo mensaje, era de una seguidora de siempre, que no es que madrugue tanto, sino que vive muy lejos y hay cierta diferencia horaria…

Desde ahí, mi deseo era que el reloj llegase a las seis para levantarme, darme la duchita de rigor y empezar con todos los preparativos, hoy, especialmente, con el cuidado y protección de las zonas afectadas. Dando buen uso a las gasas que aun me quedan, de las que me dio Victor, el podólogo de A Rua de Valdeorras y un esparadrapo de papel que compre ayer en Monforte, después de comer.

Diez minutos antes de las seis empezaba con los quehaceres, dedicando, después de tener ya prácticamente todo recogido, un tiempo, sin prisas, a lo de siempre y además, a cortar las gasas (con unas tijeras de cocina que había en el office del albergue, que parecían de pescadero, pero cortaban), y con cuidado, espero, e improvisando, cual sería la mejor forma de colocarlas para que protegiesen, no se moviesen y, sobretodo, no provocasen males mayores después de siete u ocho horas caminando.

Con los parches puestos, solo quedaban enfundarse las medias de compresión, intentando que no se desplazasen las gasas, y calzarme las zapatillas, a ver qué tal.

Las sensaciones, en principio, supongo que eran como las que tenían las geishas… el pie iba encapsulado y sentía como bombeaba la sangre desde el dedo gordo del pie al resto del cuerpo y llegaba al otro pie… pero, apretaba las manos, los dientes y hasta el “cuco” mientras hacía unas sentadillas, para probarme y ver si colapsaba o aguantaba… para comprobar que obviamente el resultado era doloroso, pero no me iba a impedir coger la mochila, el bordón y bajar a la planta baja para desayunar a la hora prevista, las 07:15, como había quedado con la hospitalera que regentaba el albergue.

Después de desayunar, con la mochila cargada y ya protegida con el chubasquero y yo con el mío, salía a la calle para hacerme el selfie, compartirlo en el grupo de WhatsApp familiar, así como la ubicación y, a las 07:34, comenzar a caminar bajo la tenue lluvia por las calles de Monforte, perdiéndome desorientado en un par de ocasiones por la falta de señalización, y por fin tras una parada de emergencia para hacer ciertas necesidades en una gasolinera a las afueras, emprender camino a las 08:20.

El objetivo hoy era el mismo de siempre, llegar a destino. La estrategia era distinta. No importaba ni el ritmo ni lo que tardase, daba igual la hora de llegada. Sabía lo que había por delante, sobretodo al final, y lo que yo llevaba encima, o sea que hoy, paciencia… pasito a pasito, suave suavecito, poquito a poquito…que dirán Luis Fonsi. Hoy había que ser simplemente constante… había que ir en modo diesel, sin acelerones, sin gastar más de lo preciso. Reservando energía para el final de la jornada.

Y así, después de siete horas y treinta y dos minutos desde que me hiciese la foto a la puerta del albergue Lemavo de Monforte, conseguía la deseada foto a la puerta del que sería esta noche mi refugio, A Pousa de Asma, un albergue privado con zona compartida en literas y otra de habitaciones independientes para una, dos o tres personas, pero que yo disfrutaré, en solitario, en la zona común, pues vuelvo a ser el único huésped en el albergue.

Pero este es un lugar acogedor, dentro del frio que hace dentro, es moderno, limpio y en el que estoy seguro voy a dormir a pierna suelta después de la paliza de hoy, pero, eso si, con los pies encogidos para rozarlos los mínimo… por eso de conservarlos con vida mañana, porque mañana… mañana más.

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