1ª Camino de Invierno

Ponferrada · Las Médulas · 28 Km · 6h 56m

El Camino, como la vida, por mucho que creas tener todo bien planificado y bajo control, no permite relajarse y debes estar preparado para reaccionar, afrontar y solventar los pequeños, medianos o grandes imprevistos que puedan surgir.

Ayer el plan era sencillo, llegar en ALSA a Ponferrada a las 21:00 y desde la estación de autobuses caminar, unos 25’, para alcanzar el albergue parroquial San Nicolás de Flüe. Hacer el cheking, asegurarme litera y salir a cenar para estar de vuelta antes del cierre de puertas y el fundido a negro tras el apagando de luces. ¡Todo bien planificado y bajo control!

No contaba con un pequeño imprevisto sin importancia… ¡Atascazo! Operación salida del puente de todos los Santos. Algo más de una hora solo para coger la A-1…

Pasadas las nueve, aun en el bus a la altura de Astorga, viendo que había muchas posibilidades de que llegase con retraso y no me diera opción a dormir en el albergue público, empece a buscar plan B en booking ya que me convenía tener localizado algún albergue privado, pensión u hostal, para pasar noche, previo desembolso de no menos de 27€, según me anunciaba el buscador.

Finalmente y por suerte, bajaba del autobús rozando los pitos de las diez. Mochila a la espalda y a caminar ligerito para llegar al albergue y garantizar litera, y si me daba bien, buscar un sito muy cercano (que no recordaba de mi visita anterior en el 2019), que me diese tiempo a comprar un montado, aunque fuese frío, y permitiera llevarme algo al cuerpo antes de encamarme, ya que desde la comida en casa, poco después de las dos de la tarde, no había tenido oportunidad.

Eran las 22:15 cuando entraba por la puerta del albergue, a todas luces bien poblado de peregrinos. Dejaba el bordón a la entrada, junto al resto de palos, me descalzaba y dejaba las zapatillas en las repisas destinadas a tal fin. Volvía a coger la mochila para, descalzo, no era cuestión de perder tiempo sacando las chanclas de la mochila, entrar en la sala común/cocina/comedor/recepción y localizar al hospitalero.

En las mesas, terminando de cenar, había un par de grupitos de tres y cuatro peregrinos, de origen desconocido para mí, pero ninguno español a tenor de su respuesta a mi, “buenas noches”; de frente, al fondo de la sala, tres, aparentemente coreanas, recuperaban de la secadora la ropa de la colada. Del hospitalero no había rastro. Sobre el mostrador vi mi aliada perfecta para ese momento, una campanilla de las que, en las películas, utilizan para llamar al servicio. Me abalance a por ella y, efectivamente, era de película. Al cogerla ya me pareció, pero al hacerla sonar confirme que era de atrezo. El badajo era de plástico malo, como toda la campanilla.

Busque por aquí y por allá, por los pasillos, distribuidores que llevan a las dependencias de la parte inferior y nada. Por fin, cuando salía al patio, tentado de pegarme una carrera para cruzar la calle, el terreno de aparcamiento y la carretera que separan el albergue de la zona urbana, me tope con dos personas que no parecían peregrinos, sino más bien misioneros en otro entorno, y que en el que me hallaba solo podía ser los hospitaleros.

Después entregar la credencial, el DNI, depositar en la ranura de la pequeña caja de caudales el donativo, dos billetes de cinco euros, más un euro en mano por la sábana y funda de almohada de “usar y tirar”, y que me asignasen alojamiento en uno de los siete cuartos de literas de la planta superior, al fondo y con capacidad para dieciséis peregrinos, solo me quedaba organizar rápidamente lo necesario para pasar la noche antes de que viniesen apagando luces.

Mientras sacaba de la mochila el saco, la bolsa de pijama, bolsa de aseo, pareo, que hace las veces de toalla, y las chanclas, veía por la ventana que tenía junto a la litera como uno de los dos hospitaleros cerraba por dentro la puerta de acceso y salida del albergue… había tenido mucha suerte! Había conseguido cama, además en un cuarto de ocho literas y todas libres. Esta noche iba a dormir a pierna suelta y sin escuchar a nadie. Me sentía un afortunado, con el estomago vacío, pero afortunado.

La jornada comenzaba para mí poco antes de las seis y media. Echaba un vistazo a los mensajes recibidos la noche anterior, los que me habían llegado después de mi último mensaje de buenas noches en el grupo familiar sobre las once menos cuarto. Enseguida echaba pie a tierra y empezaba, con toda tranquilidad, sin temor a molestar a nadie, con los preparativos de cada mañana en el Camino, duchita activadora, plegado del saco de dormir, recoger y guardar bártulos, vestirme y tener a mano lo necesario para el protocolo de última hora… el cuidado de los pies antes de calzarme las zapatillas, dejadas la noche anterior a la entrada del albergue, así como la linterna y el chubasquero, ya que, según las previsiones, iba a ser un día de abundante agua.

Una vez ya en el patio del albergue, después de haber dado mimo a mis pies con las manos embadurnadas de vaselina pura, ya calzado y con todo listo; mochila cubierta con el impermeable, bordón recuperado y a mano, me sentaba en una silla del patio para releer la jornada de hoy, el recorrido, las dificultades, los puntos a tener en cuenta para evitar posibles confusiones, así como las opciones de avituallamiento. Era muy temprano y mis pasos desde el albergue, a la entrada del Camino Francés, no me llevaría por el centro de Ponferrada, sino que enseguida me depositaría a las afueras y adentraría en senderos, lejos de cualquier local donde llevarse un café y una tostada a la boca. No había problema, según lo leído, salvo en los dos pueblos anteriores a la llegada a destino, Villavieja y Bórrenes, en el resto, en todos había bar o restaurante, o sea que, vamos, al Camino, que para luego era tarde.

Mientras me echaba la mochila a los hombros, observaba un grupito de unos diez coreanos que, en circulo, ya pertrechados con todo lo necesario para empezar a caminar, mochilas cargadas, ponchos de agua bien colocados y palos en ristre, se colocaban formando un círculo y a la voz de mando de uno de ellos, comenzaban a rezar una letanía acompasada e ininteligible para mi, para acto seguido, y tras presignarse, salir en fila india por la puerta. Yo lo hacia poco después, tras el selfie de rigor; el pistoletazo de salida del Camino de Invierno, mi Camino en esta ocasión. Eran las 07:34.

Enfilaba a la izquierda, a cierta distancia del espiritual grupito de coreanos. Enseguida veía como alcanzaban el final de la vía, a la altura de una minúscula glorieta con un cruceiro en el centro y, como suponía, giraban a la derecha para tomar el Camino Francés. Lo recordaba perfectamente, solo han pasado tres años desde que yo hiciese lo mismo. Cuando hoy llegaba a esa altura, giraba a la izquierda para desandar poco más de quinientos metros del Camino Francés y, tras cruzar el puente Mascarón, de origen medieval, girar a la derecha y, ahora sí, dar mis primeros pasos sobre el Camino de Invierno.

La mañana era agradable, muy oscura, aún no se percibían atisbos del amanecer, pero el vientecillo que soplaba hacia intuir que, no tardando mucho, la lluvia haría acto de presencia. No eran aún las ocho cuando abandonaba las últimas farolas de las afueras de Ponferrada y empezaban a caer las primeras gotas. Mirase hacia dónde mirase, seguía sin percibirse tonalidad alguna en el cielo. Seguía siendo noche cerrada o estaba muy cubierto, pero daba igual, yo solo tenía que caminar, valiéndome de la linterna para saber dónde pisaba y asegurándome que seguía el camino correcto.

Poco antes de las ocho y media, con una leve lluvia como inseparable compañera, empezaba a otear los distintos matices azules en el cielo, acompañados de muchas tonalidades grises que aparentaban ser nubarrones. Estaba claro que hoy volvía a ser testigo del nuevo despertar de un día en el Camino, pero que no disfrutaría de un sublime amanecer. Obviamente, no se puede tener todo. En apenas diez minutos, la noche era pasado, el día presente y las previsiones de agua una realidad. En ese momento no llovía pero el cielo era un falso techo de bajos nubarrones cargados de agua, dispuesta a dejarse caer. Durante buena parte del trayecto hasta ese momento, me esperaba y embelesaba intentando recoger lo que veía con el móvil, plasmándolo en fotos o videos, aunque sin mucho éxito dadas las circunstancias bastante adversas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poco antes de las nueve alcanzaba Toral de Merayo. En la plaza, a mi izquierda, a escasos treinta metros, podía ver el primer bar abierto y junto a la entrada, un par de lugareños fumando, algo que a esas horas, con lo mal que llevo el olor a tabaco en las primeras horas del día, me quitaban las ganas de acercarme y posponía la hora del desayuno hasta el siguiente pueblo, Villalibre de Jurisdicción, a poco más de tres kilómetros. Continuaba mi caminar para, a 50 metros toparme, en la misma calle por donde discurre el Camino, con una horno de pan que emanaba invitaciones aromáticas para entrar y cargar con una hogaza, una bolsa de magdalenas, una empanada y algo para picar… esa ha sido la tentación nada más entrar, pero haciendo uso de la coherencia, obligado por la falta de espacio y el seguro exceso de peso sobre los hombros, he optado por apaciguar las ansias únicamente con dos pastas, de almendras y de nueces, ambas del grosor de una maxi burguer de bar de barrio, no de “McDoKing”. Pagaba un euro por ellas y una vez en la calle, mientras volvía a las andadas, con el bordón bajo la axila, dedicaba las dos manos a dar buena cuenta de la de almendras, disfrutando a pellizquitos, para saborearla mejor y que me durase más, dando cortos tragos de agua cada dos o tres pellizcos. La de nuez iba a seguir en la bolsa y en el bolsillo, ya habría ocasión, quizá por la tarde, para disfrutarla mientras escribo.

Poco antes de las diez menos cuarto, bajo una encorajinada cortina de agua, alcanzaba la siguiente población, Villalibre de la Jurisdicción, a los pocos metros me topaba con un cartel que anunciaba el bar. Había que desviarse del Camino, según marcaba dicho cartel, 50 metros para llegar hasta él. No me lo pensaba y con la que estaba cayendo, aunque hubiese lugareños fumando dentro, era el momento de parar, soltar la mochila quitarme el empapado chubasquero y sacar de la mochila las polainas de agua para ponérmelas y evitar que se empapen más, de rodilla para abajo las patas del pantalón, todo ello mientras me preparan un montado de lomo y una infusión bien calentita, da igual que sea de te verde, rojo o azul, tila o manzanilla, pero una infusión, o incluso un cortado.

Tras recorrer como cien metros en la dirección que indicaba el cartelito y no encontrar nada con apariencia de local público abierto, me he parado y parapetado, junto a la fachada de una casa pegada a la carretera, bajo una pequeña cornisa, para guarecerme del tremendo chaparrón mientras recorría con la mirada explorando ambos lados de la travesía en busca del dichoso bar. A unos cincuenta metros, en la acera de enfrente, había un bar… cerrado. Tras soltar algún pequeño improperio tapado por la fuerza de la lluvia, cierta desolación y media vuelta, a desandar para recuperar el Camino y seguir hasta llegar al siguiente pueblo, Priaranza del Bierzo, a menos de 2 Km.

Por suerte, al tiempo que dejaban atrás Villalibre, la lluvia calmaba su ímpetu y era condescendiente con mis ánimos tras el fallido intento de desayuno. Pasadas las diez llegaba a Priaranza y la lluvia volvía a coger vigor. A poco de caminar por la calle de entrada me cruzaba con dos lugareños parapetados cada uno bajo su paraguas, les daba los buenos días al tiempo que les preguntaba si había un bar en el pueblo. Uno de ellos, muy amable, me respondía que si, que había dos, pero que el que tenia a la derecha en el propio Camino estaría seguramente cerrado, “es restaurante y suele abrir sobre las doce o un poco mas tarde”, me explicaba cortésmente para enseguida indicarme donde estaba el otro, “tienes que doblar por la calle de enfrente del pilón, ahí en la plaza de la Cruz, y subir hacia la carretera, cruzas y está ahí, en la carretera”. Pero, ¿esta muy lejos? Le preguntaba yo. “No. 100 metros o así”. ¡Gracias!, “de nada, hombre, y ¡Buen Camino!, me decían al unísono.

Doblaba a la izquierda en la calle que salía frente al pilón de la plaza de la Cruz y enfilaba la subida al Tourmalet, para poco antes de llegar a la iglesia que se venia al fondo, aprovechar que una vecina sacaba las plantas de interior a la puerta de casa, para que se regaran de forma natural con agua buena, saludarla cortésmente con “buenos días” y acto seguido preguntarle por el bar. Me confirmaba que estaba en la carretera, que tenía que coger la subida que salía a la izquierda, la que me acababa de pasar, y según giraba arriba a la derecha llegaría a la carretera, el bar estaba justo enfrente, al otro lado de la carretera. Media vuelta y para arriba. En un par de minutos, por fin, a las 10:13, estaba frente al Bar – Estanco – Inés. Cerrado.

Pues iba ser que no. A desandar, a descender hasta llegar al pilón de la plaza de la Cruz y a coger a la izquierda el Camino. Solo quedaba caminar y esperar que en Santalla del Bierzo, km 12,5 de la jornada de hoy, esta vez si, encontrase abierto el bar que se anunciaba en la guía leída esta mañana, la guía Gronze, que junto a la de Eroski Consumer son siempre mis guías de referencia en el Camino.

A las once menos cuarto llegaba a Santalla y por lo que me decía un vecino que me cruzaba a la entrada, el bar no era un bar, sino un restaurante y en invierno, con el mal tiempo, como no hay casi peregrinos, pues abre al medio día. Como me estaba temiendo, mi gozo en un pozo. Por delante me quedaba el principal escollo de la jornada de hoy, la subida a Villavieja y la llegada al Castillo de Cornatel, donde tenía avisado que no había ni bar ni restaurante, al igual que en el siguiente pueblo, Borrenes, el anterior a destino. Por suerte, la lluvia me daba una tregua y mi generosidad con la merienda la opción de llevarme a la boca la pasta de nueces.

Si la de almendras me supo rica, la de nueces me ha sabido a gloria bendita. Lastima de no haberme atrevido a portar una bolsa de magdalenas. O una empanada!!! Pero ya no valían lamentaciones, había lo que había, una pasta, que he disfrutado con pena de que se me acabase y algo más de 15 km por delante si opción alguna de reponer fuerzas llevando algo a la boca. Cierto es que podía haber cogido castañas del suelo, o alguna pequeña manzana caída en el Camino, pero el día era tan desapacible, prácticamente lloviendo durante toda la mañana, con todo tan mojado y húmedo, que no me permitía parar en ningún sitio para soltar la mochila, el bordón, descansar y pelar alguna castaña, de hecho hice intención cogiendo un par del suelo y guardándomelas en el bolsillo para que se secaran y, si encontraba momento y lugar, pelarlas y a palo seco echarlas al buche. Pero no ha habido ocasión, ni ganas de invertir tiempo en ello. Prefería seguir avanzando y acercarme a destino, donde allí sí, desayunar, almorzar y comer, al mismo tiempo y sin levantar la vista del plato.

La jornada de hoy ha sido basten durita. Por distancia, desnivel, inclemencias y falta de avituallamiento, además de ser la primera y no tener aún callo hecho. Además, este año no me he preparado como en años anteriores. No se puede estar en misa y repicando. Las circunstancias, laborales y el tiempo dedicado al proyecto tttSantiago, no  me han permitido dedicar el tiempo necesario para preparar este Camino, con esas largas caminatas previas para acostumbrar al cuerpo. Además, con lo leído recientemente sobre este Camino de invierno, me hice una idea equivocada. Di por hecho que al ser un Camino alternativo, una variante para evitar el alto de O’Cebreiro, este recorrido iba a ser mucho menos exigente, y de eso nada. La subida a Villavieja no es ninguna broma, ni por desnivel ni por el firme a pisar, y más con las condiciones climatológicas adversas presentes durante casi toda la jornada. 

Pero el Camino es así y siempre lo ha sido, el que lo ha subestimado he sido yo, que me he creído que lo de hoy iba a ser como andar y cantar bajo la lluvia y no, hoy, sobre todo los últimos 5 kilómetros, en leve ascensión, he sufrido como un perrete, pero dándome ánimos y sabiendo que no cabía otra más que seguir dando pasos para alcanzar el destino, enterrando dolores, desánimos y agotamientos con recuerdos, gratitudes y pensamientos positivos, sabiendo que tras el cheking en casa Socorro, la ducha, dedicarle unos minutos al cuerpo para cremas, masajes y recomponerme, encontraría el paraíso como así ha sido, en forma de restaurante Agoga, donde una crema de calabacín bien caliente y un pollo a la brasa con patatas fritas y medio pimiento rojo asado, regado con dos tercios de Mahou cinco estrellas, me devolverían la plenitud para afrontar la jornada de mañana, también de distancia media/larga, poco más de 27 km y con un perfil menos agresivo, pero que afrontaré con mucho más respeto y al menos bien cenado hoy, además de con algo desayunado mañana antes de partir. Socorro ya me ha dicho que mañana, antes de irme, puedo desayunar lo que quiera de lo que me dejará preparado en el comedor. Bendita Socorro, algo así hubiese necesitado durante las casi siete horas caminando en la jornada de hoy, pero… el Camino es así. Imprevisible, como la vida misma.

¿Y mañana? Mañana más.

 

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