Camino 2026 · 8ª y última jornada

 

Camino del Norte

Gernika · Bilbao

15 · mayo · 2026

Si esta primera inmersión en el Camino del Norte la hacíamos saltándonos una noche de alojamiento, al haber elegido pasar la noche en el bus blablacar y dar comienzo a la primera jornada al llegar a Bayona, el destino y la propuesta de «mi personaje» preferido en este Camino han hecho que cerrásemos está primera aventura del mismo modo, saltándonos la noche prevista del viernes 15 en Lezama.

La noche en «la suite» de Gernika resulto verdaderamente reparadora. Desde la primera jornada tenemos claro que dormir es vital. Si además se hace en un buen colchón, con una buena almohada, con ropa de cama de verdad, de esa que envuelve y abraza con suavidad y el olor a limpio, no la habitual en los albergues, de usar y tirar ,obligatoria desde la pandemia en los albergues públicos, y que aísla, más de manera psicológica que física, el saco de dormir del colchón que desde hace años va a usuario distinto por noche; cuando se duerme en silencio, sin «orquestas» en la oscuridad, principalmente de sonido viento y sin el ajetreo continuo de idas y venidas al baño del numeroso grupo de compañeros de habitación… cuando se hace como lo hicimos en el pequeño loft de Gernika,  además de dormir, se descansa y se recuperan fuerzas de verdad.

Yo me acosté bastante antes que mi compañero. Había acabado de escribir, me había tomado un montadito casero de jamón de york, queso y piparras. La cama se me insinuaba cada vez que pasaba mi mirada por ella. Soy facilón y caí pronto en la tentación… diez minutos antes de las 21 estaba en horizontal haciendo una video llamada a la familia con la cabeza recostada en la almohada. La llamada fue de pocos minutos, duró poco, pero más de lo que tarde yo en quedarme dormido tras dejar el móvil cargado sobre la mesilla.

Unos minutos después de las cinco estaba despierto pero con la menor actividad posible para respetar el sueño del «trasnochador» compañero. Al tiempo dormido plácidamente, le he sumado una hora más tirado en la cama echando un vistazo al móvil, leyendo sobre el recorrido del día, los destalles del perfil de la jornada que nos llevaría a Lezama, como preparándome mentalmente para la penúltima jornada de subidas y bajadas interminables, con lluvia, barro y, por momentos, ese deslumbrante sol que asoma en el cielo, entre los grandes nubarrones, a vences justo antes de un gran chaparrón, otras después de que el viento haya soplado con fuerza con un amenazante cielo completamente cubierto. En mi mente la jornada ya estaba silueteada, solo faltaba lo mejor, comenzar a completarla con las extraordinarias estampas que paso a paso, día a día vamos descubriendo en este sin igual Camino del Norte.

A las seis y muy poco entraba en acción Mariano, lo hacia con su habitual energía, tarareando el estribillo de la canción de turno de esa mañana, que creo por suerte no recordar; este personaje que ha resultado ser además de un gran caminante, el gregario peregrino perfecto, posee grandes cualidades de empatía con cualquiera con el que tropieza y casi siempre con una sonrisa, pero en lo musical… digamos que el equilibrio entre voz y oído para cantar no es su fuerte. Él lo sabe y por eso, quizá, le da la misma importancia que al resto de las cosas intrascendentes… ninguna y no deja de hacerlo divertida y desenfadadamente.

Lo primero que me decía, después de preguntarme que tal había dormido y como iba de mis dolencias, era… Ayer por la noche, cuando ya te habías ido del mundo de los conscientes, estuve viendo la jornada de hoy y he pensado, a ver como lo ves, que como el albergue de Lezama es una mierda y no hay nada interesante y a buen precio para hoy viernes porque toca Fito en Bilbao, hoy y mañana, pues igual podíamos hacer del tirón las dos jornadas, de aquí a Lezama son unos 20 km y desde allí a Bilbao son solo 11 km ¿Cómo lo ves? 

Aunque le había escuchado, mi atención estaba dispersa.

Mientras me miraba esperando respuesta, mi mente estaba intentando recuperar la silueta que en los últimos minutos había estado dando forma cuidadosamente para tenerlo todo mentalmente parametrizado… con subidas por aquí, bajadas por allá, más menos los tiempos estimados, muy por encima por que claro, luego todo depende del terreno, de las condiciones climatológicas en cada punto concreto, no es lo mismo caminar por un tramo concreto con un firme seco, mojado, encharcado, resbaladizo… vamos, que una cosa es lo que lo que visualizas sobre un plano, un perfil y lo que lees, y otra lo que luego te encuentras en el Camino, y además por si eso fuera poco… mi compañero me acaba de invitar a coger la silueta dibujada mentalmente e hiciera un burruño y la lanzase a la papelera que había en el rincón, junto a la mesita que me había servido de escritorio y posteriormente de comedor a mí primero y luego a él cuando yo ya soñaba pensando que era la penúltima noche en el Camino.

Tras dedicar el tiempo necesario para organizar el nuevo puzle en mi cabeza, atrás quedaba el de 20 km, ahora tenía uno de 31 km, y lo tenía que componer en tiempo record para decidir que íbamos a hacer; noche en Lezama, o noche en Madrid…

La cosa estaba clara, la segunda opción era casi tan seductora como dura iba a ser seguramente la jornada de hoy sabiendo lo que teníamos por delante, primeramente hasta llegar a Lezama, con dos importantísimas subidas, la primera hasta poco antes de llegar a Pozueta, donde se asciende de 0 a casi 300 m en escasos 3 km, para después de subir y bajar constantemente durante otros 4 o 5 km, volver a trepar hasta los 400m y luego en descenso con mayor y menor porcentaje de pendiente llegar al primer punto de destino. Allí, en Lezama, habíamos acordado hacer la primera y única parada del día para, reconfirmar fuerzas y si nos veíamos confiados, tirar hasta Bilbao pero habiendo cambiado los billetes de Alsa que teníamos comprados desde hacia un mes y medio.

A las 07:16 nos hacíamos la foto en la puerta de alojamiento, con todo organizado en la mochila, provistos del poncho de agua, acaba de llover y parecía que lo iba hacer de manera inminente. Comenzábamos a caminar dejando a la espalda el mural del famoso cuadro de Picasso, dirigiendo nuestros pasos hacia la Casa de Juntas de Gernika para, a modo de curiosidad, ver primero el tronco seco del «árbol viejo», plantado en 1742, en el centro de un pequeño templo formado por ocho columnas rodeadas de un vallado circular, y otros dos robles, uno imponente y señorial que luce en el centro del jardín, el otro más pequeño y también más protegido, con un vallado similar al árbol viejo, que es el verdadero protagonista y actual símbolo del fuero vasco. Para mi, como peregrino, español, una curiosidad y un símbolo a respetar… Sin más, proseguimos pasito a paso dejando atrás Gernika, posiblemente para siempre como la gran mayoría de los pueblos y pequeñas ciudades por las que he caminado como peregrino por todos los Caminos recorridos, no solo este del Norte.

Lo primero que nos íbamos a encontrar al abandonar el asfalto y comenzar a pisar terreno natural, un sendero húmedo que indiscutiblemente nos llevaba a la base de la primera montaña que nos tocaba subir hoy, era a dos peregrinos que ya conocíamos de vista, una pareja de más o menos sesenta años, hondureña ella, venezolano él, con los que llevábamos compartiendo itinerario desde Irún. Estaba comenzando nuevamente a llover. Nos los encontrábamos de frente, desandando Camino, les saludábamos y preguntábamos si iba todo bien, nos respondían que, justo en el sendero donde empezaba el ascenso, la cosa está fea, que descendía mucho agua y el suelo estaba bastante peligroso y anegado, que ellos preferían no subir por allí, iban a mirar si había otra opción alternativa, que igual nosotros si podíamos subir, que algún peregrino más se había aventurado a subir, y que igual nosotros estábamos mejor preparados y con mejor calzado para intentarlo. Nos deseábamos mutuamente buen camino y avanzamos en direcciones contrarias, en nuestro caso para verificar como estaba aquello que pintaban tan mal y tomar decisiones.

La lluvia se hacía más intensa al tiempo que alcanzábamos el punto anunciando por la pareja «catrachozolana». Ante nosotros se abría una entrada en la densa vegetación con un pequeño camino ascendente de piedra irregular por que bajaba una corriente de agua, que había formado una pequeña torrentera en el centro del estrecho sendero. El agua, aunque no muy caudalosa, bajaba con notable velocidad, lo que nos confirmaba lo que ya sabíamos, aquella rampa tenía importante desnivel. Nos adentramos con decisión pero también cautela, al tiempo que nos animábamos en voz alta y confirmábamos que había que intentarlo «venga, con cuidadito, al tran tran, sin prisas, vamos a ello» y paso a paso, asegurando la pisada dentro o fuera de la corriente de agua, apoyándonos en el bordón en mi caso, y en los palos de caminar mi compañero, empezábamos a ascender al tiempo que la lluvia se convertía en chaparrón y descargaba con ímpetu. Por suerte la intensidad de la lluvia no fue proporcional a la intensidad de la severa inclinación en algunos tramos y dificultad del terreno, en poco más de cinco minutos había dejado de llover y cuando aún no habíamos coronado, el segundo tramo o repecho de los tres que constaba aquella primera barrera natural a ascender, el sol hacia acto de presencia, y se agradecía, aunque enseguida provocase el efecto invernadero bajo el poncho que albergaba el sudor producto del esfuerzo y la tensión en el ascenso.

Aproximadamente una hora y media después de haber dado los primeros pasos de la que iba a ser la última jornada coronábamos aquel primer escoyo. El sol y las nubes seguían acompañándonos, a veces estas lo ocultaban y le daban más protagonismo al moderado viento fresco que soplaba y zarandeaba las copas de los arboles y que se colaba para llegas hasta nosotros por los flancos más despejados. El paisaje que podíamos contemplar era idílico, un cuadro de exquisito gusto con una amplia paleta de preciosos colores desde los blancos, azules y grises en el cielo, pasando por todas las tonalidades posibles de los verdes, desde los intensos y brillantes en los prados recién regados, a los verdes más apagados que se confundía en pardos en las montañas más lejanas que alcanzábamos a divisar, y toda la multitud de tonos entre el amarillo de albero encharcado al marrón de las hojas caídas y casi en descomposición, pasando por todos los cobrizos, desde el arcilloso de algunos pedernales al del abundante y diverso follaje. Se sufre subiendo pero casi siempre tiene premio, y en esta ocasión también. Un verdadero regalo para el que está dispuesto a llegar hasta allí del único modo posible, caminando.

Al poco llegábamos a Pozueta, el primer punto de referencia del día, donde nos recibía el caserío que hace las veces de albergue privado. Desde allí era cuestión de subir un poco más, para volver a bajar algo más y nuevamente volver a subir, bajar nuevamente un poquito y un poco más allá comenzar la que sería la segunda gran subida del día. En una de las primeras rampas tras dejar atrás el albergue de Pozueta, veíamos a lo lejos un grupito de cinco o seis peregrinos, al principio anónimos, pero reconocidos según nos íbamos acercando y dando alcance, se trataban de un grupúsculo formado por, Alejandra y Florence, compañeras hechas en el Camino y que desde San Sebastián caminan juntas. La primera, colombiana, recogidita y parlanchina, que inicio el camino en Irún acompañada de su madre, con quien llego solo hasta San Sebastián porque la madre solo disponía de tiempo para caminar el fin de semana. La segunda, neerlandesa, algo más joven que su latina compañera, con la que se comunicaba en perfecto inglés (ya lo quisiera yo para mí). Con Florence coincidimos por primera vez en Zarautz, fue mi compañera de cubículo en el hostel privado, aquel en el que preferí dormir en una litera alta con tal de no hacerlo en la misma habitación del «pakistani» que resulto ser neozelandés, reconocible en la oscuridad por su tos constante e irritante para él y para el resto de vecinos de habitación. Con ambas hemos hablado poco, lo que nos hemos encontrado caminando en un par de jornadas, y al cruzarnos en las zonas comunes de los dos albergues donde hemos coincidido, con la holandesa por cuestión de lengua, y con la vivaracha colombiana porque ya lo decía todo ella, de hecho, cuando nos encontramos el grupo en aquella rampa, Alejandra iba hablando, como no podía ser de otro modo… mujer sin duda alegre, empática, dicharachera, a la vez que intensa, al menos para mi en el Camino, y conociéndome, seguramente también lejos de él.

El resto des grupeto lo formaban una parejita joven, que vi por primera vez el albergue de Markina. Recuerdo que estaban haciendo el registro con los hospitaleros; el matrimonio de Alicante que dedican quince días al año al Camino, pero no lo hacen como hacían anteriormente, caminando o como bicigrinos, si no que lo hacen ofreciendo hospitalidad ayudando a otros peregrinos, admirable y de agradecer. Francisco, el hospitalero, comentaba sobre las opciones para alojarse en albergues en jornadas siguientes, dependiendo de las distancias que fuesen a recorrer cada día. La parejita de españoles, de procedencia y origen no identificado, pero que podrían ser perfectamente castellanos por su acento casi neutro, escuchaban atentamente y ella parecía condicionar esa distancia a la dureza del recorrido, especialmente a las bajadas, donde decía pasarlo fatal hasta el punto llorar en ellas por el sufrimiento que le producían, su chico intentaba animar alegando todo lo recorrido ya y que como habían hecho hasta allí, cuando llegasen las bajadas, fuera como fuesen, bajarían poquito a poco, despacito, sin prisa, dedicando el tiempo que necesitasen. Fran les decía que lo peor estaba ya pasado, que desde allí hasta Bilbao, lo más fuerte que quedaba por delante era el ascenso al emblemático monte Avril.

El resto del grupo que adelantábamos en aquella subida lo formaban un catalán, con el que Mariano había charlado alguna tarde mientras yo estaba a mis textos, y al que habíamos encontrado apesadumbrado la jornada anterior sentado en los soportales del Monasterio de Zenarruza. Su pena y disgusto eran el producto de la gran ampolla que se le había producido la jornada anterior en la ultima bajada a Markina, que aunque le había permitido llegar dolorido seis kilómetros más allá, hasta aquel albergue de peregrinos en el monasterio, le hacia dudar sobre si emprender nuevamente Camino, o pasar un día en aquel recóndito lugar donde todo lo que había era la acogida que los monjes ofrecían, incluido un plato para la cena y un sencillo desayuno, a cambio de un donativo y la participación en las Vísperas, u oración de la tarde. Nos explico que optó por echarse al Camino y avanzar finalmente hasta Pozueta, donde llegó bien metida la tarde y puno unirse a aquel grupo; junto a ellos iba otro peregrino al que si había visto anteriormente, no lo recordaba, y ahora tampoco lo haría, mi objetivo en aquel momento de la jornada era seguir ascendiendo a buen ritmo para alcanzar la segunda cumbre del día, que podría haber sido además la última si Lezama hubiera sido nuestro destino del día, pero que al haber ampliado hasta Bilbao, solo sería el segundo de tres.

Tocamos aquel techo pasadas las diez de la mañana, el sol y el fresco viento seguían acompañándonos, lo cual era de agradecer, cualquier cosa menos lluvia era buena compañía, aunque tampoco me inspiraba confianza como para quitarme el poncho. Desde allí todo iba a ser descenso hasta llegar a Lezama, previo paso por Larrabetzu, población que nos recibía a las once con un anuncio, en forma de gran pintada sobre un muro de más de cinco metros de altura junto a la carretera, y que no dejaba dudas de por donde caminábamos: «THIS IS NOT SPAIN, FRANCE, RUSKAL HERRIAK INDEPENDENTZIA» rezaba con dos tres enormes banderas pintadas sobre el muro, la de España, la de Francia y la de Vascongadas,; dos de ellas tachadas con un gran aspa negra… una pena que siendo Euskadi tan precioso como es, no sea del todo más bonito.

A las 11:30 llegábamos a la entrada de Lezama. Objetivo encontrar un bar para tomar un café y gestionar el cambio de billetes en Alsa para asegurar un asiento en el bus que nos llevara esa misma tarde hasta Madrid.

Solo diez minutos después nos topamos, en unos soportales a la derecha de la acera por la que caminábamos, con la cafetería on-egin. Bien hecho! Sin entrar en mayores valoraciones, era un sitio optimo para llevar a cabo nuestros objetivos. Mientras tomábamos un plátano cada uno, habíamos comprado el día anterior en Gernika, más yo ese café y un par de coca-colas mi compi, anulábamos los billetes del día siguiente y comprábamos dos nuevos para esa misma tarde, que saldría de Bilbao a las 18:00 y nos dejaría en Madrid, en Avda. de América sobre las 22:45. Gestión que hacíamos en aquel soportal, en la terraza de aquella triste cafetería, regentada por un tosco lugareño, de expresión y rasgos parecidos a aquel Pierre Nodoyuna de los autos locos de antaño, pero sin bigote. terraza que nos ponía a cubierto de la breve granizada que había caído de repente.

Pasada la fugaz tormenta, con el sol nuevamente apareciendo entre nubes, después de una parada de escasamente media hora, reiniciábamos la marcha con el objetivo de llegar a Bilbao, concretamente a la iglesia de Santiago, para, ahora sí, decir on-egin, pero en español y buscar un buen sito para soltar la mochila, tomar una cerveza, unos pinchos y hacer tiempo para después ir tranquilamente a la estación intermodal de Bilbao y volver a casa.

Para eso teníamos un margen de casi seis horas, tiempo de sobra, para recorrer y atravesar el último escollo, aquél al que Fran, el hospitalero alicantino de Markina, se había referido como el emblemático monte Avril… madre de Dios pensaba yo mientras avanzábamos junto a la carretera, a buen ritmo restando metros y acortando el destino, en dirección a Zamudio. Sabíamos que iba a ser sufrido, pero no más que todo lo ya andado. Además, en esta ocasión, al premio habitual de las vistas al coronar, y de la satisfacción que da alcanzar el destino, habría que añadirle el de adelantar, casi veinticuatro horas, el siempre deseado momento del reencuentro tras cada experiencia vivida en mis Caminos, lejos de mi rubia.

En las primeras rampas de ascenso volvió a hacer acto de presencia la lluvia, también acompañada de algunas pequeñas bolitas de granizo, y todo de forma tan fugaz que ni siquiera dio tiempo a que el sol se ocultase. Nos acompaño testimonialmente durante toda la subida, sin molestar, con una suave y agradable brisa que parecía querer atenuar los momentos más exigentes durante el ascenso hasta alcanzar la cima.

A las 13:57 llegábamos al punto más alto y podíamos ver al otro lado, abajo, al fondo, a la izquierda lo que podía ser Basauri y el barrio de Bolueta, para unos metros más adelante, a la derecha divisar también abajo, aun a lo lejos, Bilbao, muy al fondo se distinguía perfectamente el estadio de San Mames, por delante el Guggenheim, y en primera instancia, sobresaliendo en lo hondo, la aguja más alta de la Basílica de Nuestra Señora de Begoña. Ya solo nos quedaba descender, primero por asfalto, después por aceras, luego por escaleras hasta llegar a la Basílica y continuar descendiendo por aceras y más y más u más escaleras hasta llegar a la Plaza Miguel Unamuno y desde allí, por fin, llanear y callejear hasta llegar a la plaza de Santiago, donde con emoción nos hacíamos la foto que ponía fin a este primer tramo del Camino del Norte que comenzábamos, sin dormir, con una larga jornada de 32 km el viernes anterior, y que finalizábamos el viernes siguiente, después de también una larga jornada, con un perfil de jornada y con unas fuerzas bien distintas, cansados pero orgullosos y satisfechos de lo recorrido, de lo sufrido y sobre todo de lo disfrutado.

Solo nos quedaba sellar la credencial en la Iglesia de Santiago, a la que solo podíamos acceder para este fin, no así para echar un rezo, sin pasar previamente por caja, eso sí, con un descuento del 50% por hacerlo como peregrinos, es decir «solo» nos cobraban 5 € a cada uno por entrar a rezar, algo a lo que espero sepan perdonarme Dios y el Santo Apóstol… Me cuesta pagar por entrar a una iglesia, pero alguna vez lo he hecho, pero me niego a hacerlo como peregrino, me parece una falta de respeto al peregrino por parte de la iglesia, seguramente un sacrilegio a ojos del Señor y del propio Santiago. Para enfriar ánimos y recuperar hidratación nos dirigíamos directamente a tomar esa cerveza bien fría, con un par de pinchos, que serían el preludio de unas nuevas cervezas para acompañar el bacalao al pilpil y los callos a la vizcaína.

Después, nos dirigíamos caminando tranquilamente hasta la estación Intermodal, eran solo 2,5 km que además ya no contaban. Una vez en la estación, aunque sin habernos podido duchar, nos cambiábamos de ropa, nos poníamos ropa limpia y seca, allí mismo me deshacía de la última camiseta, la dejaba en una papelera. 8 jornadas, 8 camisetas menos. Seguro que, entre todas las fotos hechas en este Camino, encuentro algunas dignas para lucir en las próximas que me haga para el próximo Camino, pero eso será ya en otro momento, posiblemente el año que viene, quizá por estas fechas, y ojalá sea para retomarlo en Bilbao, junto a Mariano, el gran descubrimiento de este Camino del Norte. Pero eso será ya en otro momento, por que ahora, ahora ya no hay más!

Gracias, como siempre, por haberme acompañado, desde ahí, hasta aquí.

#BuenCamino